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  Discursos
  Palabras del honorable senador Gerardo Molina Ramírez, sobre la política de paz del Gobierno Betancur

Señor Presidente, señores senadores, señores ministros:

Yo voy a votar afirmativamente este proyecto a pesar de que no me satisface, y lo voto afirmativamente porque él es un paso mediano hacia la paz, y yo no concibo otra alternativa para la situación del país que la de la búsqueda de la paz. Por eso, como miembro de la Comisión de Paz, como Senador como ciudadano, he acompañado al Presidente Betancur en su heroica campaña por la pacificación del país; yo no comparto desde luego la política social del Gobierno, me parece equivocada, e insuficiente; desde el campo de la paz, sea la interna o la internacional, el futuro acabará por reconocer los esfuerzos denodados del Presidente Betancur; el proyecto no me satisface, porque como tuve ocasión de manifestarlo en proyecto de ley que presenté al Senado, en julio pasado, debe tener en cuenta los llamados delitos conexos, concretamente los de secuestro y extorsión.

Claro que yo no estoy de acuerdo con esas formas delictivas, pero estimo que la realidad nos impone el deber de tenerla en cuenta; ocurre que los delitos políticos, ustedes lo saben muy bien, rara vez se dan en estado puro: siempre van ligados, o casi siempre, a delitos comunes; por eso me declaro de acuerdo con el impresionante discurso pronunciado en la Comisión Primera por nuestro ilustre amigo y colega el senador Velasco Guerrero; resulta que el decreto de indulto expedido en 1902 por el presidente Marroquín, un Presidente tradicionalista, es mucho más amplio que la ley que vamos a expedir aquí; claro que ese decreto cometió la monstruosidad de excluir de ese beneficio a los jefes de la revolución, a Herrera, a Uribe, a Vargas Santos, y también excluyó a los combatientes que hubieran venido del exterior a luchar en Colombia; pero el hecho fue que ese decreto empieza diciendo: concédese amplio indulto a todos los que participaron en la Guerra de los Mu Días. Así, pues, a pesar de los 80 años largos transcurridos, hoy estamos en una posición inferior a la de la época citada.

Como miembro de la Comisión de Paz, yo debo señalar la positiva contribución que esta entidad ha hecho a la causa de la convivencia; lamento que los señores ministros al hablar de los pasos grandes que se han hecho en el camino a la paz, no hayan mencionado los esfuerzos hechos por la comisión a la que me refiero; pero esa entidad, constituida por gente de buena voluntad, sin interés de ninguna clase, ha cumplido una labor formidable en la aproximación por parte de la guerrilla, el Gobierno y el Ejército que, se cree, se había distanciado del resto de la población; si hoy hay paz relativa en el Caquetá, en el Magdalena Medio, y en tantos sitios, en esa pacificación ha cumplido un papel preponderante la Comisión de Paz, y también en los acuerdos celebrados con varias de esas entidades subversivas en la seguridad que tienen los campesinos de que cuentan con la organización que atiende sus reclamos; en todo esto tiene mucha parte la Comisión de Paz. Claro que hay dificultades en este camino; hablando con nombre propio no se puede ignorar que el M-19 constituye hoy un obstáculo a este proceso de convivencia; pero, ¿qué es lo que ocurre con el M-19? Sencillamente que ahí no hay entidad con miras, le falta homogeneidad política, como sí la tienen las FARC; en el M-19 hay hombres de todas las tendencias/ desde el conservatismo hasta la izquierda, pasando por los sectores liberales y nacionalistas; además, esta gente procede de sectores intelectuales: muchos de estos combatientes son oriundos de las universidades, que vieron el porvenir cerrado por falta de ocupación al salir del claustro; estos muchachos, entonces, se fueron al campo con el afán de contribuir a la liberación de su pueblo, y ellos consideran, equivocadamente a mi juicio, que el camino de la lucha es más corto que el camino de la paz; pero la experiencia tiene que haber servido de algo: llegar a la conclusión de que la lucha que adelantan es una lucha estéril; por eso, como amigo, me dirijo al M-19, para decirles: no sigan derramando más sangre del campesino, más sangre del soldado, más sangre de jóvenes, en la Colombia que se está iniciando ahora, abierta al campo, abierta al cambio social, hay para ustedes, señores del M-19, un espacio que antes no tenían.

Los análisis de la Comisión de Paz nos llevan a la conclusión de que a pesar de estos obstáculos que puedan presentar, y que están presentando, el M-19 y el Ejército de Liberación Nacional, a pesar de esos obstáculos cada día se aclara la ruta hada la paz; pero en este momento de pesimismo, cuando aquí hoy oigo voces que se levantan contra este proyecto, creyéndolo inútil o un albur a los interese nacionales, yo pienso que los caminos están abiertos para la causa de la paz; de ahí la necesidad de comprometer en ella a los aspirantes a dirigir el próximo Gobierno, ya que por desgracia parece que el Gobierno del Presidente Betancur no verá colmados sus anhelos en este particular.

Otra dificultad que se opone al logro de estos propósitos es la conducta equivocada de muchos medios de comunicación, víctimas de la deformación profesional del sensacionalismo; estos medios de comunicación agravan los enfrentamientos frente a la guerrilla y el Ejército, magnifican el número de muertos, repiten hechos ya registrados en la prensa, y están produciendo el hecho monstruoso de crear una opinión alarmada y asustada, que tiembla ante la posibilidad de la paz, porque hablemos con claridad, en muchos sectores de la opinión colombiana donde hay interés por la paz, hay una reserva mental que lo echa a perder todo: ¿cómo va a haber paz si habrá guerrilleros trabajando dentro de la paz? Pues yo les pregunto: ¿qué hacemos con los guerrilleros: los fusilamos, los deportamos, los internamos en Mocoa? No, hay que aceptar la realidad de que se incorporen a la vida del país, que participen de la plenitud de los derechos constitucionales de organización, de expresión, de manifestación, etc.; también esta alarma ante la posibilidad de que los guerrilleros retornen a la paz se puede observar, y lo he hecho, en los partidos históricos; claro que ellos nos dicen: ¿cómo va a haber vida política con gentes armadas participando en el debate electoral? Pero no ven el problema de fondo: el significado que tiene el reintegro a la vida normal de gentes acostumbradas a la actividad bélica.

Yo tengo la seguridad de que si seguimos prevenidos contra el retomo de los guerrilleros a la vida constitucional, estaremos trabajando en contra de la causa de la paz; si he tomado la palabra esta tarde es sencillamente para decirles a mis colegas: no le tengan miedo a estos grupos que se reincorporan a la normalidad, ellos van a trabajar en política, van a constituir un desafío al pensamiento de los partidos históricos; pero el deber de estos partidos es renovar sus programas, hacerlos atractivos, para quitarles campo de acción a los antiguos subversivos; ya empezamos a ver el arraigo que encuentran en la población civil muchos de los grupos reincorporados a ellos; las FARC, a través de la llamada Unión Patriótica que se perfila como un partido nuevo, está aglutinando gentes en diferentes regiones del país; el mismo M-19, a pesar de que en él prevalece todavía la mentalidad de guerra, también tiene un sector trabajando en el campo de la legalidad: son los mal llamados por ellos campamentos; deberían cambiar la palabra; pero ellos tienen lo que llaman campamentos en varias ciudades del país, donde adelantan una labor -a mi juicio conveniente, porque están colaborando con ellas en la petición de servicios básicos como el del agua; quién creyera que a los 160 años de vida independiente no han sido capaces en los gobiernos civiles, militares, frentenacionalistas, etc., de darle agua a la población colombiana; esa es la realidad del presidente Turbay: en un momento lúcido, que por desgracia no le duró mucho, habló desde el poder de hacer la revolución del agua potable, ese fue el término que el empleó todo el tiempo que tuvo para ello; pero contando con todos los recursos para ello, la revolución del agua potable se le olvidó llevarla a término.

Claro que con la reincorporación de los grupos guerrilleros a la vida nacional va a haber en las corporaciones públicas representantes directos de ellos y está bien que así sea; para mí las crisis del Congreso, que existen y las he podido palpar en estos años, consisten en que hay un desequilibrio, un desfase entre el Congreso y las necesidades nacionales, y eso sencillamente porque al Congreso le falta representatividad, necesitamos que aquí haya campesinos para la reforma agraria, obreros para la reforma laboral, representantes genuinos de los consumidores; de tal manera que bienvenida la representación de esos grupos en las actividades parlamentarias; seguramente que si hay la elección popular de alcaldes, muchos de ellos serán designados por los grupos guerrilleros; si yo no encuentro en eso nada que sea anormal; entonces, distinguidos colegas y señores ministros, pongámonos de acuerdo en la necesidad de que si queremos la paz, hay que asegurarles a los antiguos guerrilleros la posibilidad de adelantar en la vida normal una labor proselitista, a que tienen derecho; el problema de las armas, que obsesiona a tantos colegas, yo no lo veo tan grave; para mí es totalmente equivocado poner como condición para la paz que los grupos guerrilleros entreguen las armas; yo no creo que las entreguen o entreguen unas pocas, las menos necesarias; el problema hay que abocarlo en el sentido de hacer que los grupos guerrilleros vean que no es necesario el recurso de las armas; que ellos acaben de darse cuenta de que el arma carece de usos; a esa convicción llegarán a medida que el proceso de la paz se adelante, a medida que el Ejército deje de hostigarlos, según afirman ellos, y a medida que el Gobierno y el Congreso adelanten los planes de apertura democrática, de reforma social, a que se han comprometido.

Todos estos problemas podemos y debemos resolverlos si conservamos la cabeza fría, pero si partimos de la base de que la Unión Soviética y Cuba están inclinadas sobre Colombia para dictarnos lo que debemos hacer, estamos perdidos; hay que recuperar la autonomía espiritual y pensar que somos nosotros lúcidamente, decididamente, los que podemos resolver nuestros problemas.

Otra dificultad para la paz arranca de la guerra de las palabras; en un periodo turbulento como este, una palabra tiene un enorme poder explosivo para bien y para mal; cimentar, pues, las palabras que usamos es una medida indispensable para seguir avanzando en el logro entero de la paz; cuando el señor Ministro de Defensa, cuya ausencia lamento esta tarde, calificó a los guerrilleros de asesinos miserables, de paranoicos, ciertamente no le estaba sirviendo a la causa de la paz; yo pienso que cuando los soldados oyeron que su jefe superior hablaba en esos términos, pusieron el dedo en el gatillo, por lo que pudiera ocurrir.

También quiero llamar especialmente la atención sobre esto: la responsabilidad inmensa del Gobierno y del Congreso en estos propósitos de tranquilidad nacional. La tregua pactada con las FARC vence el 1º de diciembre de este año, pero en los acuerdos de La Uribe se pactaron varias reformas políticas y sociales las cuales no han sido dictadas hasta ahora; yo veo, entonces, que sería en extremo grave que llegara el 1º de diciembre y dijeran las FARC: ha habido incumplimiento por parte del Ejecutivo y del Legislativo en la expedición de esas normas. ¿Se dan cuenta de lo que puede significar que las FARC, que hoy están en una actitud que yo reconozco altamente plausible, puedan alegar engaño o incumplimiento? Llamo la atención especialmente de los señores ministros, para que el 20 de julio nos presenten la reforma indispensable.

Las reformas que estamos en el deber de expedir

Yo pondría en primer término la reforma agraria: sin ella no habrá paz; la fuerza de la guerrilla reside precisamente en el respaldo que le ofrece la masa rural; por eso está bien que los senadores de Antioquia nos hayan recordado ahora la necesidad de ocupamos de este tema; está el país en el deber de satisfacer la aspiración ancestral del campesino a la tierra, no sólo como manera de que él ascienda en la escala social, sino para poder satisfacer lo que hoy en el mundo es una manifestación de la soberanía, la producción de los alimentos necesarios para el sostenimiento de la población; entonces, que no llegue la legislatura ordinaria sin que tengamos un proyecto de reforma agraria; comprendo los obstáculos que hay, los intereses que se mueven en contra de ese desiderátum, pero estaremos perdiendo el tiempo en la búsqueda de la paz.

Se refería ahora el señor Ministro de Gobierno a la aparición de fuerzas nuevas en el país, fuerzas sociales y políticas que buscan expresión; eso es cierto, y para mí uno de los signos de eficacia de las clases dirigentes de un país está en su aptitud para reconocer estos fenómenos nuevos y darles la debida acogida.

Quiero abocar un antecedente de nuestra vida que ilustra el caso. Hace 50 años se debatía aquí mismo, en el Senado, el derecho o no de existir a una fuerza nueva sindical, producto de la industrialización del país. Los sindicatos habían aparecido con vigor y muchos veían en ella una fuerza malsana al servido de posibles intereses extranjeros. Ellos pedían auxilios para sus congresos sindicales, y hubo una respuesta de muchos sectores por la negativa, porque creían que el movimiento sindical llevaría al desquiciamiento de la vida colombiana. Pero aquí se alzó una voz, muy inteligente, la de Alberto Lleras Camargo como Ministro de Gobierno, para decirle al liberalismo: hay que acogerse a esta fuerza nueva. Si ella trae ideas distintas, vamos a medirlas en el plano de la competencia. Este párrafo de Lleras Camargo es pertinente recordarlo:

Y si los sindicatos son comunistas, señor presidente, existe mayor obligación para el Partido Liberal de estar vigilando porque sus orientaciones predominen en la política que determina las relaciones entre el capital y el trabajo en vez de las revolucionarias orientaciones comunistas.

El hecho fue que el gobierno de López Pumarejo y el Congreso entonces, venciendo los temores que venían de una opinión asustada, como la que vemos hoy ante la guerrilla, reconoció el fenómeno sindical, lo apoyó inclusive económicamente, y el resultado fue que el movimiento sindical se incorporó a la vida del país y las instituciones no se derrumbaron. Hagamos entonces lo mismo hoy ante el fenómeno guerrillero. Démosle cabida, sabiendo que son fuerzas colombianas auténticas, no ciudadanos leprosos, no ciudadanos de tercera clase, con derecho pleno a participar en la vida democrática.

El país ha entrado de lleno en el campo del cambio social. Esto hay que reconocerlo. Es una de las contribuciones formidables del gobierno del Presidente Betancur: haber lanzado al país al torbellino del cambio social. Por eso tienen razón el ex-presidente López Michelsen y el escritor García Márquez, cuando señalan que el país futuro no será el mismo de antes del gobierno de Betancur. Y yo diría que el cambio sustancial radica en eso de que estamos ya llenos en el campo del cambio social. Adaptémonos a esa situación. Que los partidos políticos comprendan que ha llegado la hora de su renovación o de su perdición. Mi amigo y discípulo, el senador Espinosa Valderrama, anotaba el viernes la posibilidad de que el liberalismo colombiano corriera la misma suerte del liberalismo inglés, cuya decadencia ustedes conocen. El riesgo es grande. Para mí, la crisis del liberalismo, que es muy profunda, radica en el hecho de que se vinculó al capitalismo y a una oligarquía voraz; y por eso ha perdido en gran parte el apoyo popular. Si no hace algo efectivo por recuperarlo, y no veo el camino fácil, veo que es muy trabajoso que ese partido pueda seguir participando en la vida nacional. Por eso las fuerzas de izquierda, las realmente democráticas/ estamos conformando un movimiento nuevo, será la Alianza Democrática, la cual quiere situarse, y está situada ya, en esta órbita del cambio social. Esta fuerza democrática nueva que tendrá sus candidatos, es una y será una alianza muy amplia; incorporará a conservadores inconformes, porque los hay, liberales independientes que los hay, gentes sin partido abstencionistas y, desde luego, las fuerzas de izquierda que tienen como filosofía el socialismo democrático. Esta alianza democrática buscará poner a todo el país con el mundo contemporáneo, superando muchas de las fallas, muchísimas, del sistema capitalista.

Para mí, una de las causas, tal vez la principal, de los sinsabores y desaciertos del gobierno de Betancur está, sencillamente, en haberse querido apoyar en un sistema, el capitalista, que ya no puede darle más al país. Es un sistema que ha perdido los bríos, un sistema parasitario, dedicado sólo vivir de los favores del Estado o a enviar el capital al exterior en busca de seguridad y de altos intereses. La fuerza democrática que se está constituyendo sin sectarismos, sin extremismos, busca entonces esa limitación del sistema capitalista, para crear el país que todos queremos que se crea, yo recuerdo que en 1910, el colombiano que más atrae mi atención, el colombiano que me deslumbra, Rafael Uribe Uribe, decía, como síntesis de su reflexión: la libertad consiste en ser fuertes, fuertes económicamente y de ahí su obsesión por la industrialización del país y por la justicia social; haciendo mía esa frase formidable del caudillo, yo podría asegurar que todos nuestros males arrancan de la debilidad económica, debilidad en nuestra producción, debilidad creativa de la Nación; por eso, por nuestra debilidad económica, no por ser de otra raza u otra cultura, por nuestra debilidad económica nos tratan mal el Fondo Monetario Internacional y la banca internacional, las potencias; mientras no salgamos de la debilidad económica, a raíz del atraso, seguiremos recibiendo el mismo trato; también alguien observaba que la pobreza es bien vista en el cielo, pero en la tierra es sinónimo de debilidad, y acarrea un mal tratamiento.

Señor presidente, debo terminar, porque entiendo que hay otros colegas que aspiran a hacer uso de la palabra, pero no quiero terminar sin expresar mi profunda fe en el país; estamos en un momento de desánimo, de escepticismo, más aún de pesimismo, pero yo estoy seguro de que el país saldrá adelante, porque a pesar de que los problemas son innumerables, de que la corrupción es grande, el país cuenta con sectores fundamentales, no contaminados, listos para el cambio que se necesita: son los trabajadores, la mujer y la juventud; yo creo que contando con esas tres fuerzas esenciales, se podrá muy pronto pensar en levantar el edificio de la nueva República; mientras tanto, trabajemos por la paz; por eso hago de nuevo un llamamiento a los grupos alzados en armas para que aprovechen este momento privilegiado, que no se va a repetir en los años próximos, para hacerse a la política de paz; su campo no está en las trincheras ni en el monte: su campo está en la Colombia de hoy, a la cual es nuestro deber desenvolver plenamente.

Anales del Congreso. N» 70. Bogotá, mayo 24 de 1985. pp. 886, 887, 888.

 
 

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