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OBJETIVOS DE LA LIGA DE ACCIÓN POLÍTICA
Una apreciación objetiva de la crítica situación que hace
tiempos amenaza, no sólo la estabilidad del orden
democrático, sino también la vida misma de la nación
colombiana, nos lleva a constituir la Liga de Acción
Política, para impedir la existencia constante de la
anarquía, el desurden y el pánico y para contribuir, de un
modo sistemático y nacionalmente uniforme, a la
reconstrucción económica, política y social de nuestro país.
La Liga de Acción Política se organiza y presenta como una
fuerza autónoma de izquierda, independiente de las
camarillas que controlan —en la oposición o en el acuerdo—
la vida política colombiana. Nuestra independencia de las
directivas actuantes en la política tradicional, se basa en
su incapacidad para una acción desinteresada en favor de la
nación y de la democracia, dadas las vinculaciones cada vez
más estrechas e indisolubles de ellas con las distintas
oligarquías que se reparten la opresión nacional. Los
intereses nacionales, como los intereses del orden político
basados sobre la libertad y la igualdad de oportunidades, no
pueden ser defendidos por quienes han impuesto al país una
disimulada dictadura de casta.
La Liga de Acción Política —que es una verdadera
manifestación orgánica de la izquierda en Colombia— se
propone reunir y compactar a todos aquellos ciudadanos que
estén interesados en la reconstrucción integral del país —en
su economía, en sus instituciones de gobierno y en su
cultura— y que anhelen la creación de un sistema de defensas
para que la Nación se enfrente con éxito a los problemas de
una oscura postguerra la que no ha merecido hasta ahora
ninguna seria atención por parte de los líderes del Estado y
de los partidos.
LA CRISIS DEL ORDEN TRADICIONAL
La Liga de Acción Política se inicia en un momento de
crisis, no sólo de los partidos y del Estado, sino de todo
el orden tradicional. Es esta una cuestión tan orgánica y
profunda, que se .ha expresado en el marginamiento creciente
de la ciudadanía de los actos electorales, en el aumento de
la in sensibilidad política, en la mayor extensión de las
ZONAS DE NADIE: estas son reacciones negativas —pero las
únicas posibles en una democracia que no perfecciona o
elabora su propia conciencia política— contra las directivas
políticas que tiene actualmente el país. Este fenómeno de la
abstención electoral progresiva no puede ser interpretado
ligeramente —como se ha hecho en reciente documento oficial—
como una manifestación de tranquila seguridad en el régimen,
sino como un voto de desconfianza: cuando no existe otra
manifestación vital de los partidos que la expresión
electoral, ni el Estado dispone de otros elementos de juicio
que los resultados electorales, ni la democracia se entiende
de otra manera que como un mecanismo asentado sobre un
sistema de feudos electorales, la abstención no es un
síntoma de tranquilidad sino de catástrofe. ¿Cómo se
justifica entonces una democracia que no logra interesar
siquiera a las minorías que disponen de cédula electoral y
ésta tampoco alcanza a cubrir la octava parte de la
población colombiana? Los problemas orgánicos de nuestra
democracia son cada día mayores porque la política de las
direcciones de partido consiste en ignorarlos o en estimular
y propiciar su ocultamiento. Pero esta POLÍTICA DEL AVESTRUZ
no es sólo ineficaz, sino delictuosa y suicida. Todos
nosotros hemos esperado largo tiempo a que los llamados
dirigentes de los partidos y el gobierno, tratasen de
afrontar seriamente la crisis de un orden democrático que ha
carecido de los elementos fundamentales de consolidación:
una organización estable de los partidos o de la opinión
pública, un sistema racional de representación, un sentido
social del Estado y una conciencia política. Pero no sólo
nada se ha hecho para que sea más efectivo el principio del
“gobierno por el pueblo", sino que se ha impedido que los
sindicatos o los partidos se conviertan en elementos de
creación de una conciencia política, sin la cual la
democracia es un simple abuso de lenguaje. Contra la
posibilidad de transformación han conspirado los creadores y
propagadores de mitos como el de la perfección de nuestro
sistema democrático, el del carácter popular del congreso o
el de la independencia e invulnerabilidad del órgano
judicial. Lo cierto .es que las propias directivas políticas
—integra das por oligarquías y una fácil clientela de
indecisos y burócratas— han estado interesados en el cultivo
y mantenimiento de esta monstruosa deformación de la
democracia: han convertido la ignorancia, el gregarismo y la
desorganización de la opinión pública, en la base misma de,
su sistema político y en la razón de su fuerza electoral.
Este es el precio de los caudillos, de un carácter u otro,
que han parasitado la Vi da de nuestros partidos
tradicionales. Por esta causa hemos visto con amargura,
aunque sin sor presa, que el único modo de remediar las
crisis de los partidos es el pacto de los jefes, la unión
artificial de la directiva: hasta dónde se ha protocolizado
el principio de que el pueblo —considerado como una inerte
masa electora— no cuenta en la vida de los partidos, ni aún
en sus momentos de vida o muerte. Este fenómeno hace más
aguda la crisis del orden tradicional: no sólo la
indiferencia del pueblo por una cosa política que ve
manejada por castas y camarillas, sino la indiferencia de
los dirigentes de los partidos y el Estado por el pueblo,
circunscrito ya a un estrecho marco de obligaciones
electorales. A este divorcio del pueblo y las directivas,
del gobierno y los partidos, se suma la falsificación del
organismo en el que parece resumir más físicamente la
democracia: el parlamento. Por lo mismo que defendemos la
doctrina de la representación popular, debemos afirmar que
nuestro sistema actual es una deformación del verdadero
principio de la representación popular; ni el congreso mismo
está seguro de su autenticidad política. Pero esta debilidad
de nuestro sistema parlamentario sería menos visible si a lo
menos hubiese funcionado como una institución de trabajo,
técnica y dispuesta al servicio. Sin embargo, sería difícil
saber si la mayor debilidad del Congreso reside en su
ineficacia técnica o en su carácter oligárquico, condiciones
que han sido estimuladas con el principio de la
irresponsabilidad parlamentaria. Qué puede ser un Congreso
Nacional cuyos miembros no deben responder, ni por sus
ideas, ni por su conducta, ni ante el electorado, ni ante
los partidos, ni ante nadie? Qué puede ser un sistema
parlamentario que no exige una organización de la opinión
pública en instituciones permanentes, una ficción de
mandatos, ni establece una vinculación orgánica entre el
elector y el elegido? Qué puede ser el elegido si la
obligación del servicio es sólo un problema moral del
individuo?
ESENCIA EN LA CRISIS DE LOS PARTIDOS
Por encadenación lógica —ya que todos los problemas
nacionales están vinculados los unos a los otros—llegamos a
la crisis ideológica y organizacional de los partidos. Se
pretende— para garantizar el poder de las oligarquías
políticas o de los "propietarios de opinión”— que los
partidos tradicionales deben continuar siendo asociaciones
sin estructura, ni ideológica ni disciplinaria. Es así como
las colectividades tradicionales han visto borrar sus
fronteras ideológicas, por la razón elemental de que no
existen campos ideológicos, programas de partido, sistemas
políticos de construcción nacional desde la oposición o
desde el gobierno. Y si no existen ideologías, sino una
política de personalismo más o menos disfrazado, tampoco
puede existir la organización estable: y si falta la
ideología y la organización, debe faltar también la
responsabilidad, la disciplina y la moral política. ¿Ante
quién y de qué se responde? ¿Y cómo se juzgan los hechos que
atentan contra la moral política, si la solidaridad de los
partidos es sólo una solidaridad NEGATIVA, de adhesión y
celestinaje? A dónde van nuestros organismos políticos que
sólo pueden entender la solidaridad como un sistema de
cancelar los vicios por medio del ocultamiento? Esto, es
obvio, pone a los partido? en la situación de defender más
ahincadamente sus vicios, sus errores o sus delitos, que sus
aciertos y cualidades positivas. A más de la falla política,
y a más de la falla técnica, encontramos en nuestro actual
sistema parlamentario una falla moral: ésta consiste en que
los representantes del pueblo puedan negociar con su
autoridad al utilizar en negocios privados las ventajas
conseguidas por una investidura política. Sobra, por lo
demás, hacer una relación historiada de los escándales
administrativos que tanto han conmovido la opinión
colombiana. El parlamento colombiano ha degenerado en , un
instrumento para coaccionar la administración pública, en un
tribunal que prejuzga, para salvar a ciertos personajes
políticos de los tribunales ordinarios, Este tipo de
parlamento irresponsable y negativo, es el peor enemigo del
sistema parlamentario por el que nosotros lucharnos. Su
descrédito nacional se amplía con la propaganda de los
totalitarios embosca dos, pero se basa en sus propios hechos
y en su propio asta do de disolución. Es el mismo parlamento
—incapaz de poner remedio a sus vicios ocultos y públicos—
el que contribuye negativamente en la tarea disociadora de
desprestigiar con un cuerpo transitorio legislativo, al
principio mismo de representación popular.
LA REFORMA TRAICIONADA
Hemos esperado la realización de una política seria de
reformas que salve al país de la anarquía y de la
servidumbre internacional. Sólo la existencia de una nación
realmente construida, en su economía y en su cultura, puede
crearle derechos a sobrevivir dignamente, como una nación
efectiva mente dueña de sus destinos y capaz de satisfacer
sus necesidades vitales. Pero la ansiada política de
reformas —y no incurrimos en el error demagógico de
confundir las reformas con las revoluciones— se ha
convertido en una política de SIMULACIÓN DE REFORMAS, como
si los problemas pudieran resolverse con un engaño
dialéctico. Nosotros explicamos esta traición a los
propósitos reformistas con que triunfó el liberalismo, por
e! hecho de que los antiguos reformadores han anclado
definitivamente en el seno de las nuevas o viejas
oligarquías. La política oligárquica es esencialmente
conservadora, negativamente conservadora, porque su objetivo
puro y simple es la conservación de un orden de privilegios
y el uso del poder en un sentido de patrimonio de casta. En
cuanto a su carencia de sentido nacional, de generosidad
patriótica, de impulso constructivo, o en cuanto a su
voracidad y espíritu de feudo, no podemos establecer
diferencias profundas entre las nuevas y viejas oligarquías.
El camino de las reformas hace tiempo está cerrado. Nada se
ha hecho para garantizar la existencia de un nuevo orden
jurídico y político, que desde luego concebimos de acuerdo
con los principios fundamentales que informaron la reforma
constitucional de 1936. La política en los últimos años se
ha orientado hacia la esterilización de los más
constructivos principios constitucionales, de tan honda
inspiración social: el de que la propiedad es una función
social que implica obligaciones; el de que la expropiación
puede ejecutarse sin indemnización; el de que el Estado
intervendrá para racionalizar la economía; el de que el
trabajo es una obligación social que gozará de especial
protección del Estado; el de que la asistencia pública es
una función estatal; el de que el interés privado debe ceder
al interés público, en caso de ser contradictorios o
excluyentes. Pero todas las reformas —debemos afirmarlo
públicamente— se han quedado en la etapa de los
planteamientos iniciados; lo mismo en el terreno agrario que
en el crediticio, en el de la organización judicial que en
el de la educación pública, en el fomento industrial que en
el de coordinación del comercio exterior, en el de la
política frente a los otros pueblos que en el de la política
frente a nuestro propio pueblo.
LA CUESTIÓN AGRARIA
A pesar de que la ley 200 de 1936 —abusivamente considerada
como un estatuto de tierras— no ha servido sino para
resolver el problema de la limpieza de titulación a costa de
los colonos, mientras que nada se ha hecho para dar real
solución al problema del campo colombiano: muy al contra
rio; se le ha agravado con una política de parcelación
orientada mercantilmente, que crea una masa de pequeños
propietarios anarquizados y bajo la servidumbre de los
bancos hipotecarios, que valoriza las haciendas y busca
principalmente resolver los problemas económicos de los
terratenientes o de los fiscos departamentales; con una
política de disolución de las comunidades indígenas, para
satisfacer las peticiones de comerciantes y hacendados a
caza de tierras y hombres a bajo precio; con una política de
seguridad rural que convierte los problemas agrarios en
casos de policía. El ausentismo de la tierra debe
reprimirse, si se acepta el principio constitucional de que
la propiedad es una función social, esto es, de que el
derecho no se legitima sino por medio del cumplimiento de
obligaciones. Sin esta represión del ausentismo —y sin el
suministro de tierras a los trabajadores agrícolas, no en
forma individual sino de colonias o haciendas con una
dirección técnica y una ayuda financiera del Estado— no
podrá resolverse el problema del déficit de producción
agraria ni el de incorporación efectiva del campesino a la
vida nacional, por cuanto hoy es solamente un sujeto pasivo
de obligaciones. Resulta plenamente inadmisible el que la
mayoría del pueblo trabajador en un país campesino con una
población rural de cerca de 7.000.000 de hombres, esté al
margen de las garantías y derechos que concede la ley
social, esto es, que carezca prácticamente de derechos
sociales.
SENTIDO OLIGÁRQUICO DEL CRÉDITO
El crédito en Colombia es un privilegio de clase: el régimen
de garantías específicas y la política de seguridad
financiera de los bancos, los hace inaccesibles a las
mayorías trabajadoras del país. Bien podemos hablar de
“democratización del crédito”, pero lo cierto es que el
crédito tiene una constitución y una función oligárquicas.
El principio que rige, en la banca privada o en la pública,
es el de que el que carece de capital no puede adquirir
capital. Nosotros afirmamos que ésta es una política suicida
y antinacional en un país pobre y sin elementos de trabajo.
La industria bancaria de servicio para la creación
económica, se ha convertido en un mecanismo de succión de la
riqueza social; de medio se ha convertido en fin. Aún los
bancos del Estado, integrados cofa capital del pueblo
colombiano, como la Caja de Crédito Agrario, Industrial y
Minero, el Banco Central Hipotecario, etc., están guiados
por el mismo criterio mercantil, por la mísera orientación
de beneficiar a los hacendados y capitalistas que presten
mayores garantías. Así podemos comprobar, en vía de ejemplo,
que la Caja de Crédito Agrario ha disminuido actualmente su
total de préstamos (en un período de reducción del poder de
compra de los campesinos pobres, artesanos, pequeños
industriales), que desperdicia un amplio cupo de
financiación en el Banco de la República, que gasta cerca de
un millón de pesos en burocracia, que exige en garantías
cerca de ocho veces más del valor de los préstamos
concedidos, que deja en manos de las seccionales (en manos a
su turno de las oligarquías de parroquia) la forma de
distribución social de los créditos. Nosotros planteamos la
necesidad de que el crédito sea un servicio social para que
desempeñe en el país un verdadero papel de herramienta de
construcción nacional. Es apenas lógico que si la emisión de
moneda es un monopolio del Estado —por su condición de
elemento básico del orden público económico— también debe
ser un monopolio del Estado la creación del crédito. No
pueden estar en manos de personas privadas, para ser objeto
de especulación mercantil, las actividades de las que
depende vitalmente la construcción nacional o la elevación
del nivel de trabajo del pueblo.
EL PROBLEMA INDUSTRIAL
La Liga propicia una nueva política de creación industrial.
Pero nuestro concepto de la industrialización colombiana es
realmente técnico y nacional, puesto que la concebimos como
una transformación de conjunto y no para beneficio exclusivo
de oligarquías sino de la sociedad colombiana. No queremos
una industria mendicante, al amparo perpetuo de unas
barreras de aduana y que se limita a consumir las ganancias
netas en un, mercado nacional sin competencia, sino una
industria sólida y orgánica, que utilice racional e
íntegramente nuestros recursos naturales, nuestras materias
primas, nuestras tierras desocupadas, nuestra mano de obra y
la técnica y los capitales que sea posible importar. Estamos
en contra de la anarquía industrial y del desperdicio de
riqueza, así como de la elaboración de bloques industriales
cuyo objetivo no sea, en primer término, satisfacer las
necesidades de nuestro pueblo con la mayor eficacia y al
menor costo. Esto plantea la necesidad de substituir la
política de ayuda a ciertas oligarquías industriales —como
se realiza a través de organismos públicos como el llamado
Instituto de fomento Industrial— por una política de fomento
planificado de la industria; en, el renglón total de las
fibras; en el de los metales; en el de las drogas; en el de
los productos alimenticios, pecuniarios o agrícolas; en el
de las materias forestales; en el de los combustibles. En
una economía internacional anarquizada, nuestro país no
puede subsistir, ni mejorar sus condiciones, sino por medio
de una política de planificación. Entre la libertad de la
nación y la libertad de la economía, nosotros preferimos la
libertad de la nación; entre la libertad de la economía y la
libertad del hombre, nosotros escogemos la libertad del
hombre. Actualmente la economía es libre pero nuestra
sociedad es esclava: nosotros queremos una sociedad libre y
una economía esclava; porque sólo concebimos la economía
como un MEDIO de que la sociedad sea políticamente libre.
Partiendo de este principio, afirmamos que no pueden estar
en manos privadas ni ser objeto de lucro las actividades o
factores de los que depende vitalmente la nación colombiana:
la salud pública, la educación, el crédito, los transportes,
los combustibles básicos, los metales monetarios o de alto
valor industrial, el comercio exterior. De otro modo no
puede afirmarse que exista un orden político en el que se
tome en serio el principio —ya consagrado en nuestras
constituciones— de que el interés privado debe ceder al
interés público en caso de contradicción
EL PROBLEMA DE LOS CONTROLES ECONÓMICOS
Nadie más que nosotros acepta el establecimiento de
controles sobre la economía —las importaciones, los precios,
los transportes, pero con la condición de que respondan a un
concepto administrativo y a un propósito de construcción o
defensa nacionales. No podemos confundir los controles
técnicos— de funcionamiento eficiente y vinculado
orgánicamente a la producción, con las "simulaciones de
control", que a más de obstruir e implicar un encarecimiento
de la administración pública, son herramientas de
consolidación oligárquica. Ni la Superintendencia de
Importaciones —en manos de grandes importadores— ni la
Interventoría de Precios —dirigida por representantes de los
más poderosos grupos industriales, terratenientes y
comerciales importadores— ni el Consejo de Defensa Económica
Nacional —.asociación privada de notables— son organismos
que puedan crear o dirigir o controlar nada en beneficio de
la Nación colombiana. El país carece de instrumentos de
estudio y planeamiento, de su política económica, resultando
ésta un verdadero juego de suerte y azar o más exactamente,
una improvisación de funcionarios improvisados. Por lo mismo
que queremos el control como sistema de defensa y no como
farsa, no podemos desvincularlo de dos clases de problemas:
los de las posibilidades del manejo directo de la producción
y el transporte, y los de fomento de la producción. Los
problemas de la economía sólo pueden resolverse cuando se
los concibe de un todo orgánico: ¿cómo pensar que basta la
fijación de precios máximos para ciertos productos cuando su
producción es deficitaria y su movilización imposible o
retardada? ¿Cómo pensar en transformar la vivienda popular
si no se aumenta la capacidad de compra de las clases
trabajadoras? ¿Cómo planear una racionalización de la
economía nacional mientras la salud pública se considera
como un simple mercado y no existe una política de
conservación de la mano de obra? ¿Cómo tratar de remediar la
subalimentación y las degeneraciones biológicas, si la
fijación de salarios es dejada al arbitrio de las empresas,
para las que el salario es un simple elemento de la
contabilidad de producción? ¿Y cómo planear una política
general de salarios altos sin haber realizado en Colombia
una revolución industrial, no ayudando a quebrar o desplazar
¡as pequeñas empresas, sino confederándolas y
suministrándoles medios financieros y dirección técnica?
¿EXISTE UNA REFORMA EDUCACIONAL?
La Liga de Acción Política plantea la necesidad de una
reforma de la educación pública, en un sentido fundamental y
constructivo. No podemos afirmar que el panorama cultural
del país haya sufrido grandes transformaciones cuando el
censo de 1938 arroja un 58 de población analfabeta; cuando
la población ha crecido a mayor velocidad que el número de
escuelas y maestros; cuando las escuelas, colegios y
universidades van teniendo una menor eficacia social; cuando
el Estado se niega a realizar un control racional de la
enseñanza privada —en cuanto a sus bases técnicas y
sociales— fomentando con su pasividad e indiferencia la
conversión de la enseñanza secundaria o profesional en el
más lucrativo negocio para los grandes colegios influyentes,
mientras que los institutores que carecen de capital y de
influencia se arruinan; cuando las instituciones docentes
carecen de función vital, desconociendo sus objetivos de
servicio a la nación colombiana; cuando la Universidad es
una mecánica de organismos coloniales, sin investigación
científica ni orientación definida y sistemática hacia la
Vida social; cuando la población llamada alfabeta —por saber
leer y escribir— carece de elementos de transformación
cultural y termina por exhibir una nueva modalidad del
analfabetismo; cuando no existe otro método de incorporación
de los pueblos de indios a la vida nacional que el sistema
arcaico de las misiones; cuando no se ha logrado adquirir
una visión unitaria, orgánica, de los problemas de la
educación en sus diversas etapas, estableciendo barreras
artificiales entre la escuela, el colegio, la universidad o
el instituto profesional. Con amargura, debemos reconocer
que a pesar de los progresos parciales, en la enseñanza
profesional, por ejemplo, aumenta la población analfabeta,
aumenta la población sin capacidad profesional y aumenta la
ineficacia técnica y social, que hemos de juzgar en función
de la vida moderna y de la capacidad económica de nuestras
clases, de los institutos de enseñanza. ¿Cómo debemos juzgar
el que apenas un 6 o 1 de los niños matriculados en las
escuelas primarias pueden cursar regularmente en ellas?
¿Cómo debemos apreciar el que ni un 8 o 9 de la población
que se matricula .en primer año de bachillerato pueda llegar
hasta el último año? ¿Cómo debemos juzgar el que la
formación de bachillerato no sirva en absoluto de
orientación para la vida? El crecimiento de los institutos
privados no significa un avance real, puesto que suponen un
abandono creciente de parte del Estado de "sus deberes socia
les"? —tal como lo plantea la constitución— por cuanto
flaquea la intervención técnica en la enseñanza y ésta no
sólo carece del sentido de servicio sino que cada día tiene
una más acentuada, orientación mercantil. La Liga de Acción
Política afirma que mientras la enseñanza no sea un servicio
social, adaptado a las necesidades e intereses del país y
basados sobre las nuevas adquisiciones científicas, su papel
no es democrático, universal ni constructivo. En un país
analfabeta que se ha mantenido con el mito de la tradición
grecolatina y pseudohumanista, la tolerancia con las
industrias de títulos o de cultura es un delito contra el
orden público, que supone en la democracia una verdadera
igualdad de oportunidades. No podemos desprender los
problemas de transformación cultural de la población, de sus
problemas sanitarios y biológicos. Pero el problema de la
sanidad y conservación del material humano, no puede
resolverse sin una transformación económica, porque los
salarios bajos no pueden servir para satisfacer
racionalmente las necesidades vitales: de la alimentación,
del vestido, de la vivienda, de la compra de ser vicios y
elementos de conservación y defensa. ¿Cómo puede hablarse de
sanidad pública —aunque la asistencia es función del Estado—
si más de quinientos municipios del país carecen de
servicios médicos y hospitalarios? ¿Cómo puede intentarse un
aumento de resistencias biológicas de las clases
trabajadoras si no cambian sus condiciones de vida y de
trabajo, aumentando su poder de compra y mejorando su
sistema de distribución de gastos? ¿Cómo puede hablarse de
defensa real de la población mientras la medicina no sea un
servicio social financiado por el Estado?
ESTRUCTURA FEUDAL DE LA JUSTICIA
No podríamos, para terminar este cuadro sucinto de problemas
fundamentales, prescindir de hablar de la reforma judicial,
esto es, de la necesidad de transformar la estructura feudal
de la justicia. Tanto el procedimiento como la organización
judicial tienen características coloniales: aún se
clasifican las cuestiones con el criterio clasista de la
cuantía, negándose recursos a los pequeños patrimonios: aún
la justicia tiene un carácter secreto; aún el procedimiento
es rígidamente escriturario, lento y costoso, estimulando el
retraimiento o la imposibilidad de litigar en las clases
trabajadoras, sin capacidad económica para el pago de
servicios o la espera del fallo; aún se guían los jueces por
las tarifas legales de pruebas, que no pueden ser producidas
con las mismas facilidades e integridad por las distintas
clases sociales; aún predomina el sistema arcaico de la
autodefensa, desempeñando el abogado un simple papel de
obstructor del proceso y cumpliendo el juez una función casi
mecánica; aún la judicatura tiene una organización
jerárquica, a la manera colonial, en vez de una organización
racional basada sobre toe principios de la división
científica del trabajo; aún se administra la justicia con un
criterio mercantil, viendo el Estado en la venta de
especie?, o la prestación de servicios (estampillas, papel
sellado, derechos notariales, etc.) un simple arbitrio
rentístico. Esta justicia sin organización técnica ni
sentido democrático —puesto que el pueblo no interviene en
la elección de sus jueces— es apenas una simulación de
justicia. Su reforma no consiste, como hasta ahora se ha
planteado con un desconcertante simplismo, en una cuestión
de nombramientos, en un cambio de elector; en un sistema
democrático el derecho es una expresión política y es por lo
tanto absurdo hablar de que deben desvincularse la elección
de jueces de los organismos donde se concentra la vida
política. No se trata de que los jueces sean elegidos por
las asambleas o por la Corte Suprema, sino que se TRANSFORME
el sistema, de que la administración de justicia sea una
verdadera función del Órgano Judicial, una acción del
Estado, tal como se sienta en los artículos 52 y 53 de la
Constitución de 1936. Se trata de que se realice una
división racional del trabajo; de que la administración de
justicia sea pública y se establezca un código de normas
disciplinarias; de que el procedimiento sea rápido, gratuito
y oral, para que la justicia sea democrática y eficaz; de
que los jueces tengan iniciativa en la investigación de los
hechos y no se limiten a la calificación pasiva de las
pruebas presentadas por las partes; de que las autoridades
administrativas —como los Alcaldes— no tengan también en sus
manos la administración de justicia, como lo prohíbe el
artículo 55 de la Constitución; de que el abogado sea un
auxiliar de la justicia y no una simple adición de
cualquiera de las partes; de que se establezca una igualdad
de la justicia, para que todos los tribunales sean
igualmente accesibles a .toda la población; de que se
garantice la independencia del juez, económica y técnica, la
que lo pone al margen de la coacción directa o indirecta y
la que lo faculta para investigar científicamente los
hechos; de que el pueblo intervenga en la elección de sus
jueces. Hemos llegado a un tal grado de deformaciones, que
nuestra justicia ya no corresponde a un concepto
democrático: su esencia democrática está negada en su misma
organización viciosa, burocratizada y colonialmente
jerárquica.
NECESIDAD DE LA REFORMA DEL ESTADO
Pero mal podríamos pensar que el Estado puede reformar al
país sin reformarse a sí mismo: en el orden político, dando
autenticidad y responsabilidad a la representación del
pueblo; en el orden técnico, organizando racionalmente al
Estado como una empresa de servicios. Sin la racionalización
u organización científica de la Administración Pública, no
hay racionalización de la Economía Nacional, ni eficacia en
el esfuerzo, ni posibilidad constructiva: y es una condición
tan esencial que sin ella se ha quedado escrito el principio
constitucional del intervencionismo y han sido ineficaces
los organismos de control económico. Y esto es lo que
plantea con entereza la Liga de Acción Política, sin otro
pensamiento que el de que nuestro país resuelva con éxito la
crisis que vive, ya convertida en crisis crónica: la
revisión técnica y política del Estado, buscando como
ideales la racionalización del servicio y el mejor servicio
social. La democracia no podrá salvarse —de sus enemigos o
de sus falsos amigos— sino constituyéndose en democracia
económica y social. Esta es la meta, el objetivo de la
reforma: un perfeccionamiento de la democracia, para hacerla
más humana, más defensable, más firme y justa. El país ha
estado esperando esta desburocratización del Estado, esta
poda de asambleas y organismos inútiles, esta integración de
servicios, esta dirección social de los objetivos.
NUESTRA PARTICIPACIÓN EN EL FRENTE DEMOCRÁTICO
Todo esto —que planteamos al país o a quienes quieran
generosamente salvarlo— es lo que representa el nuevo
espíritu de la Democracia Mundial, por la cual luchan los
trabajadores manuales e intelectuales de las Naciones
Unidas. Es el mismo espíritu de la Carta del Atlántico y de
la Constitución de 1936, a cuyas espaldas vive nuestro
propio gobierno, nuestro propio parlamento, nuestra propia
justicia. Nosotros sabemos que la victoria contra el Nazismo
supone no sólo un frente militar, sino un frente político:
el de la depuración de la Democracia en el propio país.
¿Cómo entender una adhesión a la causa democrática, como la
de algunos países americanos, que haya de servir de cortina
de humo al aniquilamiento interno de todo vestigio
democrático? ¿Cómo entender una adhesión a la causa
democrática si la guerra está sirviendo de coyuntura, de
consolidación a nuestras oligarquías? Cómo esperar un
cumplimiento de la Carta del Atlántico si los países de
estructura e intereses semejantes —como los
Latinoamericanos— no coordinan solidariamente su actividad?
Nuestro papel actual es pasivo y nefasto: ni el país trata
de organizar un sistema de solidaridad internacional, ni
tampoco intenta crear un sistema interior de defensas.
SENTIDO DE LA SOLIDARIDAD LATINOAMERICANA Sin una auténtica
solidaridad Latinoamericana —no la equivoca que se expresa
en simples declaraciones diplomáticas de afecto y en una
transformación del lenguaje de cancillerías— la Carta del
Atlántico no podrá ser sino un documento ideal. Nuestros
gobiernos han entendido que la Carta del Atlántico es un
compromiso unilateral de los Estados Unidos e Inglaterra y
que por lo tanto su cumplimiento depende exclusivamente de
la voluntad de éstos. El sentido de la Carta del Atlántico,
como Carta de la Democracia Mundial, como estatuto que
regule las relaciones entre los países débiles v fuertes, en
un plano de efectivo respeto e igualdad, no puede ser sino
un sentido democrático: no sólo supone, sino que exige, la
formación de bloques de naciones con afinidad de necesidades
e intereses. Sin esta agrupación de naciones basada en una
sustancial modificación de la política tradicional, en
cuanto a los sistemas de comercio, los cambios de las
monedas, y las prácticas aduaneras se mantendrá la
desproporcionada relación de poder entre los grandes y los
pequeños países. Exigimos el cumplimiento efectivo de la
obligación de Colombia de participar de manera efectiva en
la lucha de las naciones democráticas contra el Eje,
mediante la declaración inmediata de la Guerra, y
consideramos que nuestra responsabilidad histórica nos lleva
a actuar desde ahora en forma tal que Colombia pueda
intervenir por derecho propio en las conferencias de la paz.
Un nuevo orden internacional carecerá de equilibrio, si al
lado de las grandes potencias no existen —para organizar la
cooperación igualitaria —bloques compactos de países con
fuerza económica y política propia. En esto no hacemos si no
aplicar al terreno de las relaciones internacionales, el
criterio de la NECESIDAD DE ASOCIACIÓN que preside las
relaciones sociales, para equilibrar con el sindicato o con
el contrato colectivo de trabajo, el poder de las clases
patronales. Y es justamente esta asociación de las partes
débiles la condición misma de un orden jurídico democrático.
Pero el problema inmediato es el de cuáles son los vehículos
de compactación latinoamericana, o los medios de expresar la
nueva política de solidaridad que preconizamos. Estos son
los que se adapten a la constitución económica y necesidades
particulares de la América Latina: abolición de la
competencia entre países productores de un mismo artículo,
estableciendo un CARTEL de ventas; sustitución del comercio
de libre concurrencia —que supone un desarrollo capitalista
que no tienen los países Latinoamericanos— por otro de
trueque científico, convirtiendo la moneda en una simple
unidad de cuenta, asegurando el Estado la financiación de
las exportaciones, y abaratándose el cambio de mercancías y
servicios con la eliminación de los intermediarios inútiles;
realizando UNIONES ADUANERAS —como las que proyectan
actualmente los países australes— que en vez del principio
de la PROTECCIÓN NACIONAL, apliquen el de la PROTECCIÓN
AMERICANA. Estas pueden ser —a nuestro juicio— las bases de
una nueva política de "buena vecindad" con los países
latinoamericanos; sobre ellas podrá edificarse un nuevo
sistema de relaciones culturales y políticas.
RECONSTRUCCIÓN NACIONAL DE LA GRAN COLOMBIA
La primera etapa de esta nueva política debe ser necesaria
mente la reconstitución nacional de la Gran Colombia. No era
hace más de un siglo, sino ahora, cuando los países de la
Gran Colombia —Venezuela, Ecuador y Colombia— pueden y
necesitan constituirse en una Nación. La antigua Gran
Colombia no podía ser sino una creación momentánea, puesto
que su carácter era el de un frente militar, cuya
compactación dependía de la duración de las guerras de
independencia. La integración de una Nación Grancolombiana
—libremente confederada— es hoy una necesidad de orden vital
sin Venezuela y Ecuador, Colombia es una "casa de esquina”
desguarnecida: sin Colombia y Ecuador, Venezuela es una
simple hacienda ganadera y un campo de petróleos; sin
Colombia y Venezuela, el Ecuador es apenas un campo para el
cultivo colonial del cacao o el trigo o para la extracción
de maderas, oro y petróleo. Esta reconstitución dirigida no
puede ser, naturalmente, una obra de convenios
gubernamentales, sino un efecto de la coalición de
intereses: planteamos, de conformidad, la necesidad de fijar
las etapas graduales de esa política grancolombianista:
unión aduanera, eliminando los conceptos estrechos de
"protección local"; unión monetaria, constituyendo un sólo
sistema monetario grancolombiano; unión de compensaciones,
organizando el canje di recto y total de mercancías y
servicios grancolombianos. En el orden político,
reconocimiento de derechos amplios de ciudadanía a todo
ciudadano de otro país de a Gran Colombia. Pero lo mismo que
en 1830, los intereses locales, las coaliciones
oligárquicas, los grupos sin visión nacional, conspiran
contra la reconstitución nacional de la. Gran Colombia. Sin
embargo, debemos advertir que contra esta "política
nacional" se conspira hoy utilizando el propio lenguaje
grancolombiano. Sus verdaderos y quizás únicos amigos son
quienes —como nosotros— en Ecuador y Venezuela, plantean la
necesidad de una reforma básica del Estado y del orden
político, y no están dispuestos a sacrificar el interés
nacional por el interés de las castas. La integración
nacional de la Gran Colombia, la unión de países
Latinoamericanos, son la mejor colaboración con los amigos
norteamericanos de nuestra América Latina, para impedir que
el Panamericanismo sea de nuevo un camouflaje de la
"diplomacia del dollar".
LLAMAMIENTO A LA SALVACIÓN NACIONAL
Somos un país en descubierto, sin sentido de su propia in
dependencia, por cuanto esta se la concibe como un don
gracioso de las grandes potencias democráticas. Nuestras
oligarquías gobernantes son responsables de este
desguarnecimiento económico y político de la Nación
Colombiana, puesto que su política no se ha orientado hacia
la defensa nacional sino a la casta. Nuestra independencia
no depende de nosotros mismos, sino de que voluntariamente
se la reconozca por otras naciones. Esta vez el
providencialismo tradicional, la espera en el fenómeno
milagroso, es un camino hacia el suicidio nacional. Por esto
desechamos el que la vida política continúe como un sistema
de simulaciones y engaños, desperdiciándose
irresponsablemente un tiempo de vida o muerte, para la
Nación Colombiana. Porque lo que nosotros estamos
planteando, por lo que está llamando nuestra Liga a los
obreros y a los campesinos, a los profesionales y a los
empleados, a los universitarios, a los industriales y
comerciantes fuera de las oligarquías, es para resolver una
cuestión de vida o muerte, Y para proclamar que sólo una
reforma fundamental puede salvar las dos cosas esenciales
del País: su soberanía y su orden democrático.
COMISIÓN EJECUTIVA: Juan Francisco Mújica, Gerardo Molina,
Antonio García, Diego Luis Córdoba, Luis Rafael Robles,
Jorge E. Pineda, H. Restrepo Botero, Ernesto Anzola. Gabriel
Muñoz Uribe Secretario. Francisco Gómez Pinzón, Carlos H.
Pareja, Luis Alberto Bravo, Luis E. Restrepo, Octavio
Robledo Avendaño, Antonio José Guardo, Fabio Ángel
Jaramillo, José Eduardo Gnecco, Gabriel Camargo J.,
Adalberto Reyes, A. Socarras Guillermo Ardila Gómez, Carlos
Tayeh Vega, Vidal Martínez, Indalecio Liévano Aguirre,
Jacobo Casij, Guillermo González Ch., Jaime Quijano C., Luis
Alfonso Pallares, Manuel Rozo, Guillermo Tapias C., Abimael
Caballero .sierra, Héctor Rubio Cuervo, Carlos Barrera T.,
Pedro León Cipagauta, Harold Zúñiga, A. Laguado, Carlos A.
Rozo, Gabriel Escobar Sanín, Alfonso López Vélez, Eduardo
Minan, Arturo Valencia Zea, Pantaleón Contreras, Jorge
Lagos, Luis Henao R., Pedro Nel Jiménez, Hernán Baquero Gz.
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