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  Entrevistas y testimonios
 

CONVERSACIÓN CON GERARDO MOLINA

Por: Darío Acevedo Cardona

La siguiente entrevista fue realizada por el autor en dos sesiones, en casa del doctor Gerardo Molina, en octubre de 1983 y abril de-1985.

— Las personas que forjan escuelas de pensamiento, que con sus ideas alimentan movimientos o doctrinas políticas, han recibido a su vez la influencia de grandes pensadores y políticos. ¿Qué hombres de otros países y de Colombia tuvieron que ver en la formación de su ideario?

Bueno, el ideario mío esta determinado en mucha parte por mis orígenes, como miembro de una familia de pequeños campesinos. Me di cuenta, desde esa época, de los problemas tan serios que afectaban a una comunidad rural; por ejemplo, para mí fue muy terrible comprobar, desde niño, que en mi pueblo no había médico, que la gente se moría sin recursos de ninguna clase. Eso me impresionó muchísimo. En segundo lugar, me impresionó el hecho de que los muchachos que se formaron conmigo en la primaria no tuvieran ninguna salida hacia el futuro; acababan de mineros en el Porce, de simples campesinos o con una tienda en la población. Tuve la fortuna —el único entre todos ellos— de poder ir a estudiar a Medellín. Quedé marcado para toda la vida por la injusticia que se cometía con esos muchachos, en los cuales había talento de primer orden. Si se hubieran formado, habrían descollado en la vida nacional.

Otro factor que influyó mucho en mi formación intelectual fue el poder tremendo que ejercía el clero en esa época. De allí nació mi rebeldía intelectual. Tuve un hermano mayor, Juan C., que estudió, que llegó a ser abogado; él era muy dado a la lectura y cada vez que iba a vacaciones llevaba libros que yo, a pesar de estar en la escuela primaria —10, 12 años—, los devoraba sin entenderlos. En todo caso, de allí nació una agresividad de los curas de mi pueblo contra mi familia porque estábamos introduciendo libros prohibidos que acababan, que rompían la moral, las creencias religiosas. Todo eso despertó en mi alma una profunda rebeldía contra el clericalismo, contra el fanatismo, contra la ignorancia. Con esos elementos dispersos y otros que podría agregar, como el completo abandono en que se encontraban los campesinos, que cuando necesitaban dinero para los gastos de su pequeña empresa tenían que recurrir al usurero, todo eso empezó a bullirme en la cabeza. No entendía bien todo aquello, pero en todo caso eso me produjo una honda impresión que luego, con el tiempo, se fue desarrollando en el sentido de ver que el mal colombiano era ante todo el de la miseria, del cual derivan los otros. Esa miseria que aún subsiste determinó, cuando empecé a pensar en términos políticos, el que yo me preocupara por ayudar a resolver ese problema. Eso hizo pues, que adquiriera no una formación, pero sí una tendencia hacia las tesis de izquierda. Después, ya en Medellín, en contacto con otras realidades, una clase obrera en formación, oradores que expresaban en forma muy elemental los problemas de la injusticia social, todo eso fue calando en mí y tuve ocasión, por ejemplo, de oír a María Cano, quien me produjo una viva impresión.

En esa época no se podía..., no se hablaba de socialismo. Era la década de los años veinte; de la Revolución rusa se sabía muy poco, las noticias tremendas de la prensa sobre el bolchevismo, como se decía entonces, los ataques a la religión, la promiscuidad sexual... todas eran cosas que divulgaban los medios de comunicación de entonces. Pero fui adquiriendo algunas bases a medida que fui avanzando en mis estudios, pues tuve ocasión de leer algunos libros donde se planteaba ya el problema de la sociedad.

En cuanto a las influencias intelectuales que son el objeto de su pregunta, muy difícil saberlo. En mí, por ejemplo, en el plano nacional, un hombre como Uribe Uribe ejerció una gran fascinación. No podía entender en esa época su tendencia de izquierda hacia un capitalismo—él lo llamaba "Socialismo de Estado". Era más bien un intervencionismo de Estado, pero veía allí una actitud que me llegaba muy hondo. En 1928 tuve que interrumpir mis estudios en Medellín por haber participado en una huelga muy grande. Al llegar a Bogotá, en 1929, encontré un espacio más abierto, y en poco tiempo pude empezar a entender y a conocer sobre todo a pensadores extranjeros. Le informo por ejemplo que los socialistas franceses me impresionaron mucho; los conocí a través de uno que otro ejemplar de su periódico, el cual llegaba a Bogotá. Esos socialistas franceses, democráticos, libertarios, independientes del comunismo, me fueron moldeando y, ya con una mayor perspectiva, pude conocer a Jaurés, dirigente socialista de Francia, fundador del Partido Socialista. Fue un conocimiento muy episódico; sus obras no habían sido divulgadas, pero fui conociendo trozos de él. Tal vez fue el hombre, con León Blum, entonces líder del socialismo francés, que más influyó en mí, entre los extranjeros. Fui adquiriendo algunos libros en los que se exponía el comunismo, conocí a Trotsky y con varios de mis amigos de la universidad, como Nieto Arteta, formamos en 1931 y 1932 el llamado "Grupo Marxista" que tuvo mucha repercusión. Agitábamos, todavía con un desconocimiento más o menos grande del marxismo, tesis propias de ese sistema. El grupo tuvo alguna influencia en los círculos de Bogotá, y así, gradualmente, me fui aproximando a los intereses de la clase obrera, cosa que ocurrió en forma definitiva cuando, después del interregno del gobierno de Enrique Olaya, de 1930 a 1934, vino un período de ebullición intelectual muy grande, capitaneada dentro del liberalismo por Alfonso López Pumarejo. Para nosotros fue el hombre del momento, el hombre que expresaba las ideas del cambio social, que recuperaba la vigencia reformadora que tuvo en el siglo XIX, naturalmente con ideas nuevas de desarrollo nacional, de apoyo a los sindicatos, a las huelgas, al desarrollo autónomo. Todo eso fue calando en mí, por eso fui un lopista, de López Pumarejo claro está, hasta 1946 y 1947 cuando vi sus deficiencias, no sólo personales sino de su ideario, al ver que la revolución que él había anunciado, "la Revolución en Marcha", no dio los resultados que esperábamos los muchachos radicales de esa época.

Recuerdo haber leído en los archivos de El Correo Liberal de la década de los años veinte un suceso conflictivo que enfrentó al estudiantado de la Universidad de Antioquia con las autoridades conservadoras y con el clero, a raíz de la colocación de un cuadro con la figura del periodista antioqueño Fidel Cano en el paraninfo de la universidad; en dicho recinto le escuché a usted en el discurso del doctorado Honoris Causa que le confirió esta universidad hace unos dos años, una referencia a su participación o a la manera como influyó en usted este hecho. ¿Cómo fue esa participación, si la hubo, y de qué manera impactó en el espíritu de un joven recién llegado de un pueblo alejado de la ciudad como Gómez Plata?

Bueno, participación mía no hubo ninguna en ese movimiento por una cuestión de edad. Estaba muy muchacho y ese año 1921, fue el primero de mis estudios en el Liceo Antioqueño, primero de bachillerato. En realidad no sabía nada de lo que estaba pasando, pero por esa emotividad que venía desde la infancia, por mi anticonservatismo de entonces —porque hay que recordar que en esa época el enfrentamiento era entre el liberalismo y el conservatismo—, era un muchacho liberal que esperaba muchísimo para cuando el liberalismo volviera a gobernar. Cuando se produce ese episodio de la lucha por colocar el retrato de don Fidel Cano en el paraninfo, dándole cumplimiento a una ordenanza, entreví la magnitud de lo que estaba ocurriendo: una lucha del pensamiento libre, autónomo, contra las trabas de un departamento tan tradicionalista como Antioquia.

En aquel tiempo el profesorado todo era conservador y tú tenías casi todos los años uno o dos sacerdotes de profesores; nos enseñaban mucha religión y en bachillerato teníamos que hacer curso de apologética. Todo eso me inquietaba y me llenaba de mal humor. El movimiento de 1921 en la Universidad de Antioquia fue mi primer choque con la realidad de una ciudad grande. Para lo que yo conocía en esa época, en realidad era una aldea, pero en comparación con otras era una urbe. Ese fue mi primer contacto, a pocos meses de llegar del pueblo, con el estudiantado como masa rebelde y con una sociedad que se agitó terriblemente con esos episodios.

Doctor Molina, ¿usted decidió trasladarse a Bogotá a proseguir sus estudios por problemas económicos o porque el espíritu que se estaba formando en usted, la manera como lo estaba impactando la realidad, lo hacía ver la necesidad de respirar aires más puros, más libres como el de la capital, o por otros problemas?

No veía posible en esa época el viaje a Bogotá. Empecé estudiando Derecho en la Universidad de Antioquia en 1927 e hice allí ese año y el 28, año de la famosa huelga universitaria que nos costó la salida de la universidad. Esa huelga tuvo una motivación netamente académica, fue una lucha contra los malos profesores y, sobre todo, contra el confesionalismo, que era lo que más nos irritaba; oír, por ejemplo, la clase de Derecho Penal dictada por un sacerdote que pretendía explicar todos los fenómenos delictivos a través de las enseñanzas religiosas, sin tener en cuenta la cuestión social. Veíamos todos los compañeros rebeldes que nos estaban deformando nuestra educación universitaria, y por esto nos pronunciamos en contra del mal profesorado y del profesorado de la tendencia, no digamos conservadora, sino retrógrada y confesionalista.

La universidad estaba dirigida por un sacerdote, el padre Sierra. Como le digo, teníamos profesores conservado res y sacerdotes, lo que nos llevó al choque con el gobierno de la universidad. Mi proyecto era seguir en Antioquia hasta obtener mi grado, pero ante esta realidad que nos hizo insoportable la vida en la universidad, pues nos pidieron una retractación humillante para poder seguir, varios no la aceptamos, como homenaje a la verdad. Muchos de los compañeros que no la aceptaron eran conservadores y se vinieron para Bogotá conmigo: Mario Aramburo, Julián Uribe Cadavid, Jesús María Arias, Emilio Robledo, Diego Luis Córdoba y otros liberales. Nos acogió la Universidad Nacional de Colombia, que aun cuando tenía también una dirección conservadora, era más flexible. Allí pude terminar mis estudios de Derecho. Naturalmente, al llegar vi que había ganado con el cambio, que Bogotá, a pesar del atraso de hace más de 50 años, y del gobierno conservador, significaba para mí un gran progreso intelectual.

Doctor Molina, usted hablaba de la influencia de algunos pensadores y de la realidad social de nuestro medio en la evolución de su pensamiento. Ahora cuéntenos, ¿de qué manera vivió el país y cómo sintió usted el fenómeno de la revolución republicana de España y el ascenso casi simultáneo del fascismo en Italia y en Alemania?

Fue un acontecimiento decisivo en mi vida y en la de mis compañeros. En esa época trabajaba en El Espectador como cronista; tuve ocasión de escribir sobre lo que estaba ocurriendo en España a partir del triunfo o de la caída de la monarquía —eso fue en 1934, si no me equivoco, tal vez un poco antes. En todo caso, la instauración de la república y todos los debates en las cortes españolas nos hicieron vibrar, no sé cómo, pero nos llegaban los discursos que pronunciaban republicanos como Manuel Azaña, socialistas como Indalecio Prieto. Esto nos sacudió intensamente. Podíamos decir que el triunfo de la república y en seguida la guerra civil, a partir del golpe de Franco, nos marcó; de un lado, los que estábamos con la república, y del otro, la juventud conservadora y tanta gente que saludó con entusiasmo el golpe franquista. Pero de todos modos, la influencia de los políticos e ideólogos que orientaron la República española fue decisiva, porque después llegaron los libros, los discursos de todas esas grandes figuras de la intelectualidad avanzada que nos sirvieron de acicate para nuestra formación.

Usted tuvo durante la primera administración de López Pumarejo una destacada labor política. Como senador de la República le correspondió la discusión de la reforma constitucional de 1936, pero además..., ¿cómo llegó a la posición de senador? ¿Por cuál circunscripción electoral fue elegido y cuáles fueron los momentos más críticos en la discusión de esa reforma?

En la campaña presidencial de Olaya Herrera, en 1930, estaba de vacaciones en mi pueblo, cuando éste aceptó su candidatura presidencial en Puerto Berríos, después de haber recorrido gran parte del río, desde la Costa, sin aceptarla. Allí la aceptó y en seguida tomó el tren para irse a Medellín, que le dispensó una recepción calurosa. De mi pueblo salimos varios a la estación Porcesito a darle la bienvenida, a expresarle nuestra adhesión, y mis paisanos me pidieron que pronunciara un discurso. Lo hice y tuvo algún éxito porque el doctor Eduardo Santos, que iba en la comitiva, me lo pidió y lo publicó como editorial en El Tiempo. Luis Eduardo Nieto Caballero, quien también venía en la comitiva, escribió a su tumo, al llegar a Bogotá, sobre el muchacho que había hablado en Porcesito. A raíz de este discurso, en Antioquia me cogieron mucho cariño y en las elecciones de 1933, me incluyeron en la lista para la Cámara como suplente de Baldomero Sanín Cano. El doctor Olaya Herrera lo nombró como ministro a la Argentina; entonces yo, sin graduarme todavía, entre a la Cámara. En ella tuve algunas actuaciones muy inexpertas, puros debates sobre educación con el profesor Luis López de Mesa que era el ministro del ramo, y otras intervenciones a finales de 1933 y 1934. En Antioquia tuve un gran amigo que me protegió y me ayudó mucho en mi carrera: fue [Jaime] Tobón Quintero, director de El Correo Liberal y después de El Correo de Colombia. Él me hacía propaganda en el periódico. Yo me había iniciado en el periodismo de Antioquia con el seudónimo..., después se lo doy porque es un secreto, en fin, me fui haciendo conocer en Antioquia y desde Bogotá como representante. Entonces ocurrió una cosa simpatiquísima. En esa época —1935, cuando llegó la elección para Senadores y Representantes— los senadores eran elegidos por la Asamblea. Fui escogido como suplente de Abel Botero, una gran figura que ya murió, hijo de [Roberto] Botero Saldarriaga. Entonces bastaba con que se organizara un grupo de cuatro diputados para elegir un senador, una cosa que hoy parece ya impensable. Por una circunstancia fortuita asistí los cuatro años al Senado, porque a Abel Botero lo nombró el doctor López, secretario del Consejo de Ministros. Fui pues un senador de tiempo completo. Naturalmente, eso me abrió las puertas y, con una visión un poco más amplia de la política, pude participar en la reforma de 1936, sobre todo en los aspectos sociales que ella tuvo: derecho a la propiedad, reconocimiento del derecho de huelga, hay otros puntos. En el Senado éramos varios los que nos llamábamos de izquierda: José Mar, Armando Solano, Moisés Prieto, García Borrero, uno que desapareció. Fuimos un grupo muy inquieto que actuó con alguna eficacia.

Con estos amigos nos movimos bastante en la reforma constitucional, lo mismo en la discusión que vino enseguida sobre la ley de tierras que fue una batalla que hubo que dar contra la derecha del Senado, que era muy fuerte. Para ese entonces ya estaba dividido el liberalismo, nosotros formábamos el ala izquierda; empezaba a llamarme socialista, pero estaba con el grupo de la izquierda liberal. Al mismo tiempo se dio mi actuación en el terreno sindical, al cual me ligué y por eso asistí en Medellín como delegado al Congreso Sindical que hubo en 1936, en el cual se creó la CTC. Pero para no hablarle de mi actuación en el parlamento de esa época, le recomiendo la lectura del libro de Alvaro Tirado Mejía sobre el gobierno de López Pumarejo. Ahí, Tirado reproduce buena parte de mis intervenciones.

¿Conoció usted a un liberal antioqueño que fue socialista, Luciano Restrepo Isaza?

Lo conocí en Medellín. Claro, lo conocí, no fui amigo de él pero si lo oí y me llamó mucho la atención. Fue de las personas a quienes les oí hablar por primera vez del socialismo; también oía a un tribuno popular que había allá, muy amigo del pueblo, que era Benedicto Uribe. A ninguno lo perdía de vista cada vez que hablaba. En la prensa admiraba mucho a Horacio Franco, un gran escritor ya desaparecido. Todo esto lo viví intensamente.

En su obra Las ideas liberales en Colombia usted deja entrever que el Partido Liberal perdió la oportunidad ideal para llevar a efecto de manera completa las transformaciones sociales inherentes al desarrollo industrial, consistente en lograr el avance material de la sociedad ligado a las más altas expresiones de justicia social y libertades públicas, en el momento en que el sector oligárquico del partido logró imponer una pausa a la Revolución en Marcha. En ese entonces ¿qué camino tomó el doctor Molina en su actividad política, nunca se sintió tentado a militar en las filas del Partido Comunista?

Bueno, sintetizo. Nosotros, los muchachos liberales de izquierda de esa época, apoyamos fuertemente a López Pumarejo y yo lo hice como senador, según hemos hablado. Pero pude ver con estupor que el liberalismo que pensé que iba a acompañar totalmente a López se dividió en el primer gobierno: el de izquierda y el de derecha, a tal punto que López, hacia 1936, dijo en un mensaje: "Están formadas las derechas del partido de gobierno". Empecé a ver en el Senado las trabas de esa derecha a las grandes reformas de López: intervencionismo de Estado, relaciones con la iglesia, derechos obreros. Eso me fue abriendo los ojos, porque vi que el liberalismo no era lo que había pensado. Pero seguí acompañando a López naturalmente. Para esa época mi formación era socialista, dentro del llamado hoy socialismo democrático, y sobre todo, partidario de las libertades. Empecé a ver que sin socialismo no había democracia y a la inversa, que sin democracia no había socialismo. Eso me impidió entrar al Partido Comunista. Lo veía actuar aquí en Bogotá, tenía amigos entre ellos, pero no podía compartir sus ideas. Además empezaba a ver que la Unión Soviética de Stalin, con toda su brutalidad, no era mi ideal socialista. Todos mis amigos comunistas eran fanáticos estalinianos; por esa razón no entré al social-comunismo. Desde entonces pensé en la necesidad de fundar, cuando se pudiera, el Partido Socialista.

¿Después de terminar su período en el Senado en 1938, a qué actividades se dedicó hasta el año 1944?

De ese período se pueden mencionar tres cosas: en primer lugar, mi presencia en la Cámara como representante por Antioquia. En segundo lugar mi desempeño en la Personería de Bogotá. Y en tercero la tarea, junto con varios amigos, dirigida a organizar el movimiento Liga de Acción Política o LAP como la llamábamos. Me ligué desde muy temprano al movimiento sindical en el plano nacional, y especialmente estreché relaciones con la Federación de Trabajadores de Antioquia, FEDETA, Entonces, al terminarse el período en el Senado surgió la posibilidad, previas conversaciones con los sindicatos de Antioquia, de que yo figurara en la lista liberal de Antioquia para la integración de la Cámara de Representantes. Me trasladé efectivamente a Medellín. Se hizo una campaña de mucha agitación, se creó un grupo fuerte de presión en el sentido de que me incorporaran en dicha lista en el renglón llamado obrero. Esta expresión hace referencia a una tradición que tuvo el liberalismo hasta el año de 1942, más o menos, tradición de carácter popular, de colocar en las listas para cuerpos representativos, a los llamados representantes obreros. Entonces yo aspiré con mis amigos de Antioquia a ese renglón obrero en las listas a la Cámara. Naturalmente vino la división en el seno del Directorio Liberal de Antioquia. Unos eran partidarios de mi inclusión en la lista, otros enemigos, pues consideraban que yo no era liberal, según manifestación ya conocida. Estuvo a punto de dividirse el electorado antioqueño, porque nosotros anunciamos que en caso de no ser yo incluido en la lista me lanzaría en disidencia; el momento era peligroso, por lo cual viajó desde Bogotá a ocuparse de la confección de listas en Antioquia el director del liberalismo, que era Gabriel Turbay, un hombre de izquierda y muy amigo mío. Gracias a Turbay y al apoyo que tenía en algunos elementos directivos de Antioquia, como Alberto Jaramillo, que estaba en el directorio departamental, fui incluido en la lista en una posición segura, y fue así como fui a la cámara de Representantes en esa época, que ya correspondía al gobierno del doctor Eduardo Santos.

En la Cámara realicé algunos debates políticos, pero no valdría la pena detenernos en ellos. Sí quiero anotar que a lo que le puse más atención fue al estudio de un proyecto de ley que presentó el ministro de Gobierno del doctor Santos, Carlos Lozano y Lozano, sobre el establecimiento en Colombia de la convención colectiva de trabajo. El gobierno presentó ese proyecto en la Comisión de Asuntos Sociales de la Cámara me tocó estudiar como ponente este asunto. Era una innovación. En Colombia no había ningún antecedente de legislación o contratación colectiva. Y apenas empezaba a extenderse esa modalidad de negociación. Me interesé mucho en el proyecto, rendí concepto favorable y, si no estoy mal, la ley fue aprobada. También me acuerdo que tuve participación en otro de los proyectos de carácter social presentados por el gobierno, de vivienda campesina, que es el antecedente de esta actual política de construcción de viviendas populares urbanas y rurales. Pero la administración Santos presentó el proyecto circunscrito a la vivienda campesina. No fui el ponente del proyecto pero sí lo defendí en la Cámara de Representantes, siendo el ministro del ramo, el de Hacienda en este caso, el doctor Carlos Lleras Restrepo. Hasta ahí van mis recuerdos de esa legislatura. A partir de entonces abandoné la actividad parlamentaria por varios años.

Sigue la etapa de la Personería de Bogotá, en 1942. En esa época se inició el período de los alcaldes empujadores que querían transformar a Bogotá. El primero de esos alcaldes digno de ese nombre fue Carlos Sanz de Santamaría. Pues bien, a favor de esos cambios que se anunciaban en Bogotá, y gracias a la presión de los trabajadores del municipio, fui designado por el Concejo de la ciudad. Cuando llegó la alcaldía a manos de Sanz de Santamaría, le ayudé, efectivamente. Esa fue mi labor más destacada en ese período. Le ayudé porque vi que este hombre nuevo —era el primer cargo que desempeñaba— iba a iniciar la transformación de Bogotá, como realmente ocurrió. Entonces fui elegido personero, y en tal carácter pude ayudarle a la administración en la multitud de obras que se iniciaron, pensando en la reunión de la Conferencia Panamericana, que sólo se vino a realizar en 1948, antes del 9 de abril. Esa estadía en la personería me sirvió para conocer de cerca la administración hasta entonces. No había desempeñado ningún cargo de esa naturaleza, de modo que ese cargo me permitió conocer por dentro los ajetreos propios de la administración. En 1943 me reeligieron —pero no terminé el segundo período. Preferí dedicarme a la labor política. Ya habíamos comenzado varios amigos a hablar de la necesidad de crear un movimiento de tendencia socialista: la Liga de Acción Política. Le consagré un tiempo a la Liga de Acción Política, hasta cuando, en el año 1944, fui elegido rector de la Universidad Nacional. En todo caso alcanzamos en la Liga a agitar bastante la atmósfera del país, aunque no se llegó a cristalizar la idea del Partido Socialista. La Liga de Acción Política fue un movimiento de agitación intelectual, que se disolvió en el año 1944, pero que nos permitió contribuir, junto con otras fuerzas políticas, al mantenimiento y a la defensa del segundo período de López Pumarejo, que fue terriblemente complicado en razón de los ataques de que fue víctima de lado y lado, con frecuentes crisis de gabinete, bueno, mil cosas que se adujeron contra él. La Liga de Acción Política le ayudó a López, pero luego cada uno se retiró a su campamento. Unos se fueron para el comunismo, como Juan Francisco Mujica que ha sido magistrado muy lúcido. Otros siguieron de socialistas sueltos, como Antonio García, y otros volvieron al liberalismo, como José Francisco Socarras.

¿A usted lo propuso como personero alguna alianza de concejales comunistas o liberales?

Alianza propiamente, no. En esa época los trabajadores del municipio eran muy fuertes, políticamente hablando, y ellos presionaron para la elección. En realidad, entre los concejales no había una agrupación política propiamente de izquierda.

¿Cuáles fueron sus relaciones con el gaitanismo?

Fui amigo de Jorge Eliécer Gaitán. Me impresionó muchísimo cuando lo escuché como profesor universitario en Bogotá. Yo estaba recién venido de Medellín y Gaitán acababa de llegar de Roma, lleno de ideas. Se llamaba "socialista" en esa época. Me sentí muy atraído por él. El actuaba dentro del liberalismo; sólo más tarde, en 1933, se separó cuando quiso fundar la UNIR (Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria). Nosotros, en el Grupo Marxista, nos sentíamos depositarios de la izquierda socialista y resolvimos no entrar a la UNIR. Aun cuando simpatizábamos con él, preferimos verlo con ojos de simpatía y al mismo tiempo de crítica, para ver si aquello sí llegaba a lo que Gaitán decía que quería: hacer un partido socialista. Sabemos que la UNIR fracasó y Gaitán se reintegró al liberalismo; eso me mantuvo a cierta distancia. Siendo amigo personal de Gaitán, él me llevó muy temprano al profesorado en la Universidad Libre en el año 1935; era rector, pero no entré nunca al gaitanismo, no sólo porque no veía en él una salida segura, pues desde el punto de vista ideológico parecía que Gaitán fluctuaba entre socialismo y liberalismo; quería hacer un liberalismo socialista o radical. De ahí que, aunque veía la importancia que tenía el gaitanismo, sobre todo en los años 40, me convencí de que Gaitán no sería el hombre para fundar el partido socialista y para hacer una revolución socialista.

Ideológicamente, usted inicia un alejamiento del liberalismo en 1936 al ver la división y el predominio de los sectores de derecha. Pero ¿en qué momento abandona las filas militantes del Partido Liberal?

Ocurrida la pausa a fines de 1936, que me afectó muchísimo porque vi las restricciones que tenía el liberalismo como partido de gobierno, me di cuenta de la fuerza que adquiría la derecha liberal, asustada por los cambios y por la aparición de tendencias que el país no conocía, como el sindicalismo. Estaba ligado al movimiento sindical, el cual se conformaba como un elemento de poder nuevo en Colombia, y naturalmente, me impresionaba ver que a raíz de los congresos sindicales, —primero el de Medellín y en segundo lugar el de Cali, que contaban con la aceptación o el estímulo del gobierno—, la derecha liberal que tenía su expresión en periódicos como La Razón dirigido por Juan Lozano y Lozano, atacara estos hechos nuevos que yo creía esenciales para el progreso del país. Todo esto me fue llevando a la convicción de que el liberalismo tenía muy poca posibilidad para ser la fuerza motriz de la transformación del país. Al mismo tiempo, con las lecturas que iba haciendo, con la observación de lo que ocurría en el exterior, el avance del fascismo en Europa, el triunfo de Franco en España, se me hizo claro que la derecha nacional e internacional estaba tomando mucha fuerza y que había que conformar o tratar de formar fuerzas que atajaran ese proceso; además, en el plano interior, los éxitos de Gaitán hasta su muerte me hicieron ver las posibilidades de respuesta que había por parte de los sectores populares a esa conservatización del país y del mundo. Por fortuna, el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial nos trajo una esperanza, pero en el plano interno sucumbió con la llegada del conservatismo al poder en 1946 y el recrudecimiento de la violencia. En conclusión, vi muy claro, desde entonces, que el país necesitaba formas nuevas de organización y, desde luego, la creación de fuerzas de izquierda.

Una de las fallas de Gaitán fue no crear una organización autónoma que expresara sus ideas. Había gaitanismo, es decir, algo dependiente de su personalidad, pero no había una fuerza autónoma con una ideología propia. Era simplemente una proyección de la figura y de las tesis de Gaitán. Por eso su herencia política fue perdiendo importancia, sobre todo a medida que la violencia recrudecía. Naturalmente, esos años de violencia no eran propios para pensar en una organización política dentro de la legalidad; había que dejar que actuaran las guerrillas que se habían formado a partir del 48, las cuales luego fueron adquiriendo velocidad, como usted lo sabe. Por eso, yo aproveché ese intervalo para irme a Europa y escapar de la opresión que había en el país en esa época de dominación conservadora que se fue agravando a partir de 1948, con las dictaduras del mismo Ospina Pérez, de Laureano Gómez y de Urdaneta Arbeláez.

Doctor Molina, en el propósito que usted se trazó de crear una corriente de pensamiento socialista y en el ideal que tuvo y que lo ha acompañado toda su vida, de conformar en el país un partido socialista, ¿cuáles fueron los medios utilizados por usted y por sus seguidores y sus compañeros para realizar una labor tan compleja como la de diferenciar el socialismo democrático de las corrientes social-demócratas europeas, del liberalismo moderno y del comunismo?

Los instrumentos de que nos valimos fueron los de la propaganda a través de los pocos medios de que disponíamos. Fue un período muy difícil, pero cuando se abrió un margen de libertades a raíz de la caída de Gustavo Rojas Pinilla en 1957, con el Frente Nacional y con todas las expectativas que creó, pensamos que se abría una posibilidad para nosotros. Pero tomó la delantera el Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen, que empezó criticando las instituciones propias del Frente Nacional, como la alternación en la Presidencia de la República y, en seguida, ese movimiento fue adquiriendo un dinamismo mayor cuando vino la Revolución cubana, es decir, a partir de 1959, que hizo que el MRL se radicalizara un poco. Nosotros, mis amigos y yo, no entramos al MRL, pero sí le abrimos un compás de espera porque veíamos en él ciertos elementos socializantes que reflejaban, repito, la influencia de la Revolución cubana y de algunas guerrillas que se fueron formando con un sentido de lucha contra el establecimiento, cosa que no había ocurrido con las que aparecieron con la Violencia a partir de 1948.

El auge popular del MRL hizo que nosotros le ayudáramos en algunos aspectos y que guardáramos ciertas distancias —no hay que olvidar que el MRL llegó a poner 600.000 votos en las elecciones, lo cual era mucho para entonces. Con el ascenso del MRL ocurrió lo mismo que con el movimiento de Gaitán. Nosotros fundamos, en esa época del MRL, un periódico en 1959: La Gaceta, que trataba de pro pagar ideas nuestras, pero sin romper con el MRL. Algo se hizo a través del periódico como crítica del Frente Nacional y de difusión de un pensamiento de avanzada, pero las circunstancias no eran propicias para la creación de un movimiento autónomo; esas condiciones sólo han aparecido en los últimos años y en eso es en lo que estamos desde hace cinco años, cuando se fundó el movimiento Firmes, como célula de lo que habrá de ser el Partido Socialista.

Doctor Molina, retrocediendo un poco, durante el debate electoral de 1946 cuando el Partido Liberal se dividió entre gaitanistas y turbayistas, ¿cuál fue la posición de los sectores socialistas en ese entonces?

Muy poca, porque no estábamos actuando, nosotros creamos en 1943 un movimiento de tipo socialista, la Liga de Acción Política, que tuvo cierta importancia pero no como partido sino como un organismo de agitación intelectual que trataba de abrirle campo a estas ideas. Pero luego, cuando surgió el movimiento de Gaitán, ya con miras a tomarse el poder por las vías legales, nuestra Liga de Acción Política se dispersó, cada uno tomó por su lado. Por eso en 1946 no hubo actuación nuestra. Había simpatía, claro, hacia Gaitán, pero siempre con las dudas que nos inspiraba este caudillo un poco versátil en sus ideas y en el cual no veíamos la posibilidad de que llegara a ser el líder del socialismo en el país. Era un período, repito, de observación. Luego vino la violencia que impidió todo trabajo.

Doctor Molina, ¿en qué año estuvo usted en la Organización de las Naciones Unidas y qué carácter tuvo su presencia allí?

Eso-fue en 1946. A la Conferencia de Londres, en la que se creó la ONU, asistió por Colombia, entre otros, mi amigo Carlos Lleras Restrepo. Allí se crearon varias comisiones que serían parte de la organización general: Comisión de Derechos Humanos. Comisión de Asuntos Sociales... Me tocó interrumpir mi desempeño en la rectoría de la Universidad Nacional para ir a New York, por varias semanas, cuando se comenzaban a debatir problemas tan candentes como los de los países atrasados en materia social.

Durante el 9 de abril, ¿cuál fue su actitud? Algunas personas hablan, por ejemplo, de que usted encabezó la toma de la Emisora Nacional y lanzó programas desde allí

Hay que situar las cosas. El 9 de abril todavía estaba en la rectoría de la universidad: en esos días se vencía el período. Estuve unos cuantos meses más allí hasta cuando fue elegido por el gobierno de Ospina, mi sucesor en la rectoría, el profesor López de Mesa. Concretamente el 9 de abril todos observamos lo que ocurría, pues lo que estaba sucediendo no era cualquier cosa; no sólo la muerte de Gaitán, sino el movimiento que provocó, que fue una insurrección popular, no sólo circunscrita a Bogotá, sino nacional. El pueblo se tomo el poder en varias partes del país, y lo mantuvo por varios días con sus alcaldes, su tren gubernamental. Nosotros en Bogotá fuimos sorprendidos por los acontecimientos. Es totalmente falso que el 9 de abril hubiera sido una cosa preparada, fue algo espontáneo, la reacción del pueblo al conocerse el asesinato de Gaitán, un movimiento salido del fondo del sentimiento popular que vio muerto su proyecto de redención. Ya Gaitán seguramente iba a ser el presidente de la República en las elecciones de 1950. Con el 9 de abril se cortó la evolución nacional y algunos intelectuales de izquierda nos lanzamos ese día, sin cohesión de ninguna clase, a actuar en la medida en que pudiéramos participar. Es falso que yo hubiera estado en la toma de la Radiodifusora Nacional; algunos muchachos lo hicieron. En esos momentos algunos estuvimos primero en la Clínica Central donde murió Gaitán, luego en la gran manifestación que se formó espontáneamente en las calles al grito de "el poder para Echandía"; ese fue el grito, nosotros lo acompañamos. Lo importante, pensamos, era que cayera el gobierno conservador, autor de La Violencia y de todas las calamidades que ocurrían. Cuando vimos que la manifestación no pudo avanzar hacia palacio, porque el ejército lo impidió, cuando supimos que varios liberales habían logrado llegar dizque a pedirle la renuncia a Mariano Ospina Pérez, nosotros, algunos intelectuales —los puedo citar: Jorge Zalamea, Antonio García, Adán Amaga Andrade, Carlos Restrepo Piedrahita, Carlos H. Pareja—, nos atrincheramos en un radio periódico llamado Últimas Noticias, muy adicto a Gaitán, que ofreció todas sus instalaciones para ser utilizadas por nosotros, y constituimos una Junta-Revolucionaria de Gobierno —así se llamó— para tratar de dirigir los acontecimientos, impidiendo, de un lado, el saqueo a que se habían entregado algunos sectores, asalto a almacenes, tiendas de licores, etc., también para controlar a la gente con el fin de que esperara los resultados de las conversaciones de Palacio, también para darles órdenes a todos los amigos del país, en el sentido de que constituyeran juntas de gobierno como la de Bogotá, pidiéndoles la vigilancia de aeropuertos para impedir la movilización de tropas, en fin, promovimos una serie de consignas que, en el fondo, tendían a salvar la insurrección, sin dejarla desviar. También recomendamos la declaratoria de huelgas donde se pudiera; la de Barranca, por ejemplo, adquirió mucha importancia, duró varios días. Luego, varios de mis compañeros se trasladaron a la División Quinta de la Policía, la cual se había declarado en favor de la insurrección. Allí permanecieron esperando noticias de Palacio, a ver cómo terminaba esa reunión que se estaba prolongando más de la cuenta, también conteniendo a la policía que quería lanzarse a las calles a hacer algo. Esa fue en realidad nuestra intervención ese día, que terminó al día siguiente, o en la madrugada, cuando se supo que habían llegado a un arreglo en palacio, que no nos satisfizo, sobre la base de que siguiera Ospina Pérez de presidente y de que formara un gobierno de unión nacional. Nosotros pedíamos el retiro del gobierno de Ospina y la proclamación de Darío Echandía como nuevo presidente. Echandía quedó de ministro de Gobierno en el reajuste ministerial que hizo Ospina Pérez.

Doctor Molina, después del 9 de abril usted viajó a Europa y según nos contaba el doctor Regueros Peralta, el gobierno colombiano hizo gestiones ante el gobierno francés para que usted fuera expulsado de ese país.

Cierto, eso tiene un antecedente. Aquí hubo censura de prensa después del golpe de estado que dio Ospina Pérez en 1949, cerró el Congreso, además se agudizó la violencia, con un gran número de asesinatos todos los días. La prensa francesa lo desconcertaba a uno, porque a pesar de que le daban poca importancia a los acontecimientos de Colombia, siempre encabezaban una información con estas palabras más o menos: "La violencia en Colombia, continuación" y en seguida venía la noticia: "Muertos ayer 30 guerrilleros en tal parte", eso era de todos los días. Aquí no se sabía eso, aquí no dejaban que la prensa o la radio lo dijera, y aún no había aparecido la televisión. Ante esa situación, algunos colombianos en París tratábamos de hacer algo, explicarle a los latinoamericanos lo que sabíamos del país buscando la solidaridad y al fin resolvimos lo que era más lógico: sacar un periódico, un periódico que se llamó Colombia Libre, que tuvo mucha importancia y se publicaba una parte en español y otra en francés. El periodiquito llegó a tener una gran repercusión en Colombia. Era un periódico pequeño, no sé si usted lo conoció, de unas ocho páginas, en papel cebolla, ese papel delgado, que utilizábamos para que pudiera entrar al país como carta y no ocupara mayor espacio. Nosotros lo mandamos a muchísima gente, y era tal la ansiedad de noticias que muchos aquí en Colombia se informaban de lo que pasaba en el país por este periódico. A nosotros nos llegaban, a través de amigos y viajeros, noticias referentes a Colombia que aquí no se podían publicar. El hecho fue que este periodiquito llegó a tener una gran repercusión nacional; pasaba de mano en mano y así llegaba a todos los rincones del país. Recuerdo que en esos días llegó a París el doctor Eduardo Santos, del cual estábamos distanciados por política interna. En ese momento estábamos de acuerdo en la lucha contra la dictadura, entonces el saludo que nos dio en París a los redactores del periódico fue: "Sepan ustedes que Colombia Libre es el único órgano que tenemos". El nos ayudó económicamente. Además, hacíamos fiestas entre los colombianos; había una colonia muy grande para recolectar fondos destinados al periódico y así nos sostuvimos durante mucho tiempo. Pero el gobierno, naturalmente, vio que este periodiquito tan minúsculo y sencillo estaba causando serios daños, no sólo aquí, sino en el exterior. El periodiquito era bilingüe pues también tenía lectores en Francia. Entonces el gobierno de Laureano Gómez impartió instrucciones al embajador en París, que era el "leopardo" Augusto Ramírez Moreno, en el sentido de lograr del gobierno francés la expulsión del cabecilla del periódico, que resulté siendo yo. Figúrese, pues, la sorpresa mía cuando me llaman un día de la policía —hay que saber lo que es la policía francesa de terrible—, a decirme: "Tiene 48 horas para abandonar el país", sin explicarme la razón; claro que yo husmeaba de qué se trataba. Movilicé rápidamente algunos amigos franceses de importancia, el profesor Paúl Rivet y otros. Rivet buscó senadores socialistas. En esa época, por ironía de la suerte, el jefe del gobierno francés era un socialista; sin embargo trataron de expulsarme, pero estos amigos se movilizaron rápidamente y obtuvieron que la sanción no fuera aplicada. El gobierno revocó la orden de la policía y me autorizó para seguir allá. Continuamos con el periódico, haciéndole mucho daño al gobierno por un tiempo más, pero como, poco a poco, nosotros fuimos denunciando con mayor violencia no sólo al gobierno colombiano, sino a los Estados Unidos por el apoyo que le prestaba a la dictadura, varios amigos, entre ellos el mismo doctor Santos, al ver que ya el periódico tomaba esa orientación, fueron retirando su apoyo. Pero el periódico duró un buen tiempo. Quizás alcanzamos a sacar 40 números, tal vez más, hasta que al fin lo suspendimos por dificultades económicas y porque varios de - los amigos se devolvieron para el país. Vinieron entonces la caída de Laureano y el triunfo de Rojas Pinilla que nos permitió volver.

Cuando usted regresó al país, fue nombrado rector de la Universidad Libre por un período corto, y el clero, tal como lo había hecho en 1944, en cabeza del Arzobispo de Bogotá se pronunció nuevamente en contra y votó el nombre suyo como rector. ¿Quisiera recordarnos cómo fue ese suceso?

Bueno, se repitió lo de 1944, cuando fui elegido rector de la Nacional. Esta vez también el arzobispado protestó porque llegaba un comunista —en esa época todo el que hablaba de cambio social era comunista. La curia protestó ante el gobierno por el peligro que significaba para la juventud la presencia de ese agente de Moscú en la rectoría. El gobierno de López Pumarejo en 1944 se manejó muy bien y me respaldó, como era lógico. Pero, bajo el gobierno de Rojas en 1956, me elegía rector de una universidad privada, la Universidad Libre. En primer lugar tuve una gran pelea con las directivas de la Universidad Libre, porque algunos simpatizaban con el gobierno de Rojas y creían que era un desafío. En principio, el gobierno de Rojas, que tenía a la sazón como hombre fuerte en la vida civil a Lucio Pabón Núñez, no se atrevió a tomar medidas contra la Universidad Libre ni contra mí. Pero se ve que hubo cierto acuerdo con la curia, o mejor con el primer cardenal del país, monseñor Crisanto Luque Peña; ese señor cardenal se tomó el atrevimiento de dirigirse a las directivas de la Universidad Libre, protestando por la elección mía y diciendo que cómo era que le entregaban la conducción de la universidad a un marxista. La declaración del cardenal provocó un gran revuelo. Además, en esa época comenzaba la lucha contra la dictadura de Rojas, durante la cual fui detenido. El cardenal pasó su documento de protesta a la Universidad Libre, pidiéndole claramente que revocara mi nombramiento, lo que dio lugar a reuniones de mucha exaltación, no sólo en el claustro: profesores y estudiantes, sino en las directivas. Por fortuna, como ya empezaba la reacción contra la dictadura de Rojas —sólo duró un año más—, mi nombramiento fue respaldado por la mayoría del profesorado y del estudiantado, y también por algunos sectores de la calle, a pesar de que había mucha censura oficial. La Consiliatura, así se llama el cuerpo directivo de la Universidad Libre, produjo un gran documento de reafirmación de la elección, diciéndole al cardenal que se equivocaba al intervenir en la marcha de la universidad privada, pues nada lo autorizaba para eso. El cardenal, en su famoso documento, invocó el Concordato, pero en la respuesta de la Universidad Libre se hizo ver que el Concordato no podía aplicarse en ese caso por tratarse de una universidad privada. Fui confirmado, pero pronto empezó algo que muestra la evolución de muchos liberales, gentes vinculadas a la universidad que empezaban a decir: "Es peligroso para la universidad que este señor continúe. De pronto hay una intervención del gobierno, de pronto cierran la universidad". Era posible, todo era posible en esa época de dictadura. Fue cundiendo el pánico en esos sectores liberales vinculados a la Libre. En vista de eso yo resolví renunciar, para que no me echaran la culpa de un posible golpe a la universidad. Esa fue la historia.

Sin embargo, posteriormente en 1961, o sea cinco años más tarde, ya con el Frente Nacional en marcha, usted es nombrado nuevamente rector.

Eso fue en 1960. Ya iban tres años de Frente Nacional y había cierta libertad. Entonces la Consiliatura me eligió rector y pude permanecer cinco años —mucho tiempo, pues cambiaban con mucha frecuencia a los rectores—. Fue un periodo brillante. Se tomaron varias iniciativas para desarrollar la universidad, que hasta esa época sólo tenía la facultad de Derecho y un colegio de bachillerato. En este período, con la ayuda de la Consiliatura se ensanchó la universidad, se fundó la facultad de educación que llegó a ser de gran importancia para formar profesores en un ambiente de libertad; se fundó una facultad técnica, la industrial que se llamó "Mecánica", se fundó un colegio nocturno y, sobre todo, empezamos a fundar dependencias en otras partes del país, Cúcuta, por ejemplo. Se fue agrandando la universidad y volvimos a publicar la Revista de la Libre, mucha agitación intelectual, hubo profesores de tiempo completo por primera vez, varías cosas se hicieron hasta que sobrevino lo inevitable. Ya en 1964 y 1965, por la polarización de ideas aquí y en todas partes empezó a formarse una corriente que en la Libre se llamó "Democrática", dizque para luchar contra la universidad marxista recogiendo la vieja acusación de algunos liberales. Se agravaron las cosas, vino una división; esta corriente "democrática" fundó otra Universidad Libre, alegando que ella era la-legítima, en fin, hubo una lucha muy larga. Acabé por retirarme, ya estaba más que vencido el periodo. Me retiré a ver si se arreglaba ese problema de la división que sólo se arregló a la larga mediante el triunfo del grupo llamado "demócrata", que se tomó la universidad, expulsó a las gentes de izquierda del profesorado y estableció allí un gobierno hegemónico que aún existe por desgracia.

¿A nombre de qué movimiento fue elegido usted para la Cámara de Representantes en el año 1962 y cómo fue esa participación allí?

Ese año yo desempeñaba por segunda vez la rectoría de la Universidad Libre. Este segundo período en la rectoría fue de cinco años, y en esa época la Universidad Libre estaba a la vanguardia de las universidades, por su agitación intelectual y política; desempeñaba pues un papel de primera importancia en la vida política y universitaria del país. Yo tenía mucho respaldo entre los estudiantes de la Libre y también de otras universidades, de modo que mi candidatura para la Cámara con la suplencia de Luis Villar Borda, fue una candidatura mitad universitaria y mitad política. La mitad política tenía que ver con el MRL que fundó el doctor López Michelsen. Por esa época era un movimiento fuerte, y, aunque yo no pertenecía a él, sí era amigo del MRL, junto con otros compañeros que habíamos mantenido y redactado un periódico: La Gaceta. Yo era una especie de francotirador que tenía buenas relaciones con todo el estado mayor del MRL sin estar dentro de la disciplina del movimiento. En ese carácter de amigo del MRL lanzamos esta lista, que tenía el carácter de independiente, pero que tenía la benevolencia y tolerancia del MRL. La lista triunfó, pero en esa época ya el dinero empezaba a desempeñar un papel en la política. De nuestra lista sacamos apenas un renglón; fue con un mínimo de dinero, conseguido con cuotas de carácter voluntario. En ese carácter asistí a la Cámara.

¿Qué destacaría usted de su participación en esos dos años en la Cámara?

Recuerdo que hice un debate sobre la Universidad Nacional, sobre la situación difícil por la cual atravesaba. Estábamos en período conservador, con el gobierno de Guillermo León Valencia. A mi juicio la Universidad Nacional no recibía el tratamiento que se le debía dar. Ese fue un debate importante. Hasta allí van mis recuerdos de ese período.

Cuando surge el movimiento del Frente Unido, promovido por Camilo Torres, ¿cuál fue su posición?

Ampliamente favorable, dada mi amistad personal con Camilo Torres. Esa amistad venía desde la Universidad Nacional. Camilo hizo estudios de Derecho, y un buen día le dio por meterse a hacer la carrera de estudios eclesiásticos y de sociología a la Universidad de Lovaina. Al volver se reanudaron los contactos, aun cuando él ya vestía la sotana. Teníamos en común no sólo la vieja amistad, sino la afición por los estudios sociológicos. Yo tenía contacto permanente con él y leía las monografías que escribía sobre tópicos que me interesaban mucho, como una magnífica monografía sobre la miseria en Bogotá, producto de estudios que él hizo en los barrios pobres. Cuando resolvió lanzarse a la política y crear su Frente Unido yo lo miré con mucha simpatía, y lo acompañé sin entrar propiamente en el movimiento. Teníamos relaciones más o menos estrechas hasta cuando él tomó la determinación de irse a la guerrilla, como resultado del menosprecio y de la situación difícil en que lo colocó la jerarquía católica. Camilo fue víctima del conservatismo del episcopado de Bogotá, que no lo pudo entender y le hizo invivible la vida en la Iglesia y en la vida civil y lo lanzó a la guerrilla.

Volviendo a los temas de la formación del pensamiento socialista en Colombia, ¿cuáles fueron las personas que con usted han trabajado a través de todos estos años por la concreción de ese pensamiento socialista en el país?

¿Qué compañeros recuerda más? Bueno, el que más trabajó en ese punto de vista ideológico fue Antonio García, por sus libros, por su labor en la cátedra, por su ascendiente en la juventud. El hizo mucho, pero tenía una limitación en la política —usted sabe que García apoyó a Rojas Pinilla, él era militarista—.Tuvimos esa división siendo amigos entrañables; él tomó ese camino en el cual no lo pude acompañar. Caído Rojas, reanudó su actividad, pero un poco distinta de la de nosotros. Fueron surgiendo otros amigos, se cansaban, les parecía muy largo el camino, volvían unos al liberalismo, otros se marginaban. Bueno, es una historia larga que ya pertenece al pasado, pero fue sólo en los últimos seis años cuando empezamos a constituir un grupo de amigos que querían hacer algo. La oportunidad se presentó en 1978, cuando vino una gran división en la izquierda, hubo cuatro o cinco candidatos presidenciales, entonces dijimos: "Esa es una barbaridad, dislocar lo poquito que hay", y hablamos de crear una fuerza que tratara de unificar aquello. Fue Firmes y llegamos a tener 500.000 firmas. De ahí viene el nombre de Firmes; 500.000 firmas pidiendo la renuncia de estos candidatos para buscar uno solo. No se logró a pesar de este plebiscito y llegaron hasta las elecciones divididos, pero quedó el movimiento. Teníamos la ventaja de un órgano de expresión muy importante que fue Alternativa, dirigida por Enrique Santos Calderón, que era de nuestro grupo y con otros colaboradores que también simpatizaban con estas ideas; el mismo Gabriel García Márquez desde el exterior nos dio la bendición y enviaba mensajes de apoyo a Firmes. Todo parecía muy bien hasta cuando se acabó Alternativa. Fue el golpe más duro que recibimos, nos quedamos sin órgano de expresión y muchos se fueron retirando. Santos Calderón se fue para Europa, lo perdimos de vista y se apartó del movimiento, lo mismo que los que trabajaban con él en Alternativa. El mismo Daniel Samper Pizano, que era simpatizante de Firmes, luego se retiró sin pelear porque conservamos muy buena amistad. En fin, se formó este grupo que usted conoce, al cual entraron veteranos luchadores como Diego Montaña Cuéllar, Regueros Peralta, otros por el estilo y elementos de las nuevas generaciones. Algunos se han retirado pero quedamos otros.

Usted siempre está ahí, el incansable.

No, es que no hay más para dónde ir, pues creo que el país necesita la alternativa socialista, estoy convencido de eso.

Doctor Molina, con relación al pensamiento socialista le hemos leído y escuchado una posición valiente y sensata frente al marxismo. Ha reconocido, por ejemplo, que un verdadero socialismo debe estar fundado en las más al tas aspiraciones e ideales del creador del marxismo, en lo referente a la socialización de los grandes medios de producción, el impulso a la autogestión. Sin embargo, usted es enemigo de aplicar en lo social los criterios totalitarios. ¿Por qué no nos precisa qué es lo rescatable del marxismo y qué es lo que por experiencia o por convencimiento filosófico no es dable tomar de esta doctrina?

Habría que distinguir entre marxismo y leninismo. No acepto la tesis leninista de la dictadura del proletariado. Parece que es un error hablar de dictadura en un país de tradiciones democráticas como éste, y menos del proletariado, que es una minoría en el país. Creo que en Colombia puede o debe tomarse el poder una alianza de clases populares, no sólo de obreros, sino de campesinos, trabajadores intelectuales, clase media —yo le doy mucha importancia a la clase media: técnicos, artistas, la mujer, todos esos sectores. Tampoco acepto del leninismo la noción del partido único. No, yo creo que cuando triunfe, que tendrá que triunfar la revolución en Colombia, debe haber varios partidos porque ésta es una sociedad muy pluralista que es difícil que se exprese toda a través de un solo partido; tiene que haber uno o varios que critiquen o que expresen sus derechos. También le doy mucha importancia al concepto de libertad y democracia que el leninismo menospreció durante largo tiempo, llamándolas libertades burguesas, una cosa de poca entidad. Yo no creo que las libertades sean burguesas, son una conquista de la civilización y deben seguir rigiendo aun cuando desaparezca la burguesía como clase principal.

Mire, pero todo está mejor explayado en Breviario. El Breviario fue escrito entre otras cosas, para marcar esa diferencia entre socialismo y comunismo. Eso sí, le doy mucha importancia al aspecto humanista del marxismo.

¿Usted, en este momento, se encuentra escribiendo o preparando alguna obra?

He acometido la redacción de un libro, uno o dos tomos, que posiblemente se llamará Las Ideas Socialistas en Colombia; se trata de un complemento a la larga historia de las ideas liberales. Estoy trabajando en ese tema desde hace ya un tiempo. Ahora estoy dedicado a estudiar el papel del militarismo en la época de la independencia.

¿Cuáles son sus tendencias y gustos literarios?

Muy firmes en el sentido de que me gusta mucho la novela, la poesía, la biografía, esa ha sido mi pasión desde muchacho. La lectura con períodos en que puedo leer mucho y otros en que ya queda poco tiempo, como ahora que estoy dedicado a esta investigación y he tenido que descuidar mis libros favoritos en el plano literario, espero que llegue la hora, vamos a ver si llega, para leerlos. Pero considero que la literatura en todas sus formas es parte esencial de la vida científica y social, porque un buen novelista retrata una época; tal vez en ninguna parte está mejor expuesta la tesis de la sociedad burguesa en sus comienzos, como en las novelas de Balzac, —eso para citar un caso. La literatura y el arte en general, de contenido crítico, ayudan al pueblo a tomar conciencia de su situación.

¿Cuáles considera usted que han sido los más destacados exponentes del socialismo en Colombia?

Bueno, son tan pocos, son tan pocos, pero claro está que en Las Ideas Liberales le di mucha importancia a Murillo Toro, como pensador del siglo pasado. En una parte de su vida divulgó las ideas del socialismo, no del marxismo que al parecer no conoció, pero sí del socialismo utópico, y luego, en este siglo, los expositores socialistas se pueden contar en los dedos de la mano. Torres Giraldo historió muy bien las f luchas sociales de gran parte de este siglo, el mismo Antonio García agitó y contribuyó notablemente a esta orientación, y luego, en los últimos tiempos, sí ha surgido por fortuna un equipo brillantísimo de muchachos que conocen el marxismo y lo saben aplicar, tanto en el campo sociológico como en el económico y el político. De modo que hay ya una pléyade, para usar la terrible palabra, de intelectuales socialistas. Tanto es así que vamos a constituir, como una expresión de Firmes, el Comité de Estudios Socialistas con el objeto de ir formando una doctrina socialista, poder analizar así los problemas del país con autoridad y de esa manera lograr un respaldo real. Por el momento, y aunque ellos están dispersos, tenemos una buena cantidad de muchachos, con formación socialista, que se expresan en los periódicos, en las revistas, en lo que pueden.

Tomado de Darío Acevedo Cardona, Gerardo Molina, el magisterio de la Política, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1992.
 

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