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  Gerardo Molina: una ética de la responsabilidad

Por: Gonzalo Cataño

   

Quiero, ante todo, agradecer la invitación cursada por las directivas de la Universidad Libre para abrir las sesiones de la cátedra Gerardo Molina dedicada a los nexos entre Ética y derecho. No hay tema más urgente en nuestro tiempo que el relacionado con la observancia y aplicación responsables de las normas que rigen las vínculos de los hombres y mujeres entre sí, y de todos ellos y ellas con los organismos del poder público. El imperio de los usos y costumbres ha cedido terreno ante los ordenamientos formales. Por todas partes encontramos estatutos, reglamentos y códigos que establecen la conducta esperada y socialmente aceptada. Si ayer el derecho era fuente de libertad, un arma contra el despotismo y la arrogancia del poder, hoy es visto por no pocos analistas como un marco de sometimiento y negación de la afirmación y creatividad individuales. Todo parece estar reglamentado en nuestros días; la vida pública y la vida privada. Los variados expositores de esta cátedra —juristas, filósofos, sociólogos, historiadores y educadores— abordarán sin duda estos temas y ofrecerán respuestas en busca del ansiado equilibrio entre el interés general y el interés individual.

Pero las directivas de la Universidad Libre no me han invitado a hablar de los fines del Derecho ni de las bases morales que deben acompañar a los ordenamientos jurídicos. Mi tarea es mucho más modesta. El señor rector, doctor Fernando D’Jannón, me ha pedido, por el contrario, hacer un bosquejo de Gerardo Molina, el rector magnificus cuyo nombre lleva la cátedra que hoy inauguramos. Creo que no hay profesor, egresado y estudiante de la Universidad Libre, que no lleve en su corazón algún recuerdo de este insigne orientador académico. Para muchos de nosotros, inclusive, él representa una conducta ejemplar que nos gustaría fuera más conocida e imitada en la Colombia fin-de-siècle; en la de un país asistido por profundas tensiones y apurados cambios en las esferas de la economía, la cultura y la política.

1

El legado de Molina se puede resumir en tres direcciones no siempre fáciles de armonizar. Molina fue un hombre de la política, un profesor y un investigador social. A lo largo de su vida activa intentó cubrir las demandas particulares de cada uno de estos papeles, y siempre estuvo atento a los peligros que acechan el ejercicio de uno y otro. Conoció bien las tensiones entre la política y el ejercicio académico. Sabía que la política era la oportunidad, la convicción y la persuasión, el reino de los valores y del deber ser. Allí la ciencia puede ofrecer datos y descripción de experiencias, pero seguirla de cerca puede llegar a limitar la intuición y la agilidad y vivacidad de las decisiones del momento. Otra cosa ocurría con el mundo universitario. Las labores de docencia e investigación obedecen a patrones distintos, si no francamente opuestos. La difusión del saber y la obtención de nuevos conocimiento se rigen por lo que es y no por los deseos y aspiraciones del analista. Allí la política es un objeto de estudio y no un ejercicio para organizar las voluntades de profesores y estudiantes. ¿Hasta qué punto Molina fue capaz de sostener un equilibrio entre estos papeles asistidos por lógicas encontradas?

Molina nació en Gómez Plata, una pequeña y olvidada población del noroeste antioqueño en 1906, y murió en Bogotá en la mañana del 29 de marzo de 1991 poco antes de cumplir sus 85 años. Era el hijo menor de una extensa familia de clase media rural con algunas inclinaciones por la educación. Uno de sus hermanos, Juan C. Molina (1892-1958), 14 años mayor que Gerardo, se convirtió en su orientador escolar. Juan C. se hizo abogado y pasaría a los anales jurídicos nacionales como uno de los más notables especialistas en legislación minera, materia sobre la cual escribió el manual más acreditado de su tiempo, el Tratado teórico y práctico de derecho minero colombiano. El joven Molina hizo sus estudios primarios en Gómez Plata y luego pasó a Medellín para emprender la secundaria. Siguiendo los pasos de su hermano mayor, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, pero a poco de comenzar la carrera se vio involucrado en un movimiento estudiantil contra la educación confesional. El clima arcaico de la institución y los reiterados enfados con sus directivas, lo motivaron a trasladarse a la Universidad Nacional de Bogotá, donde alcanzó el grado de doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales en 1933.

Molina pertenece entonces a aquella generación que surgió a la vida nacional en los años treinta y se afirmó en la década siguiente. Sus compañeros de generación fueron los políticos liberales Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Michelsen, los historiadores y analistas sociales Luis Ospina Vásquez, Guillermo Hernández Rodríguez, L. E. Nieto Arteta y Antonio García, y los escritores Germán Arciniegas, Eduardo Caballero Calderón, Aurelio Arturo y Jorge Zalamea. Todos ellos nacieron durante los primeros 15 años del presente siglo y su formación estuvo a cargo de la fogosa generación del Centenario, el grupo que alcanzó un marcado estatus directivo en la política, la cultura y los negocios en los últimos años de la hegemonía conservadora.

Molina comenzó su actividad política a una edad temprana. Estando de vacaciones en su pueblo natal, en enero de 1930, festeja el paso del candidato Enrique Olaya Herrera por la localidad de Porcecito, una estación del antiguo y en una época célebre Ferrocarril de Antioquia. Allí pronunció un ferviente discurso ante el futuro Presidente de Colombia, que Eduardo Santos, miembro de la comitiva, publicó días después en las páginas editoriales de El Tiempo. Esta feliz incursión lo acercó a los medios más influyentes del partido liberal y le abrió las puertas de provechosos vínculos con los grupos que habrían de dominar el escenario político de los treinta. En 1933 fue elegido a la Cámara de Representante por la circunscripción electoral de Medellín como suplente de Baldomero Sanín Cano —uno de sus ídolos intelectuales—, y cuando este último fue nombrado embajador en la Argentina, el joven Molina, de 27 años, ocupó la curul. Algo similar ocurrió en 1935, cuando su nombre fue escogido para acompañar al senador Abel Botero, quien una vez elegido cedió al suplente el ejercicio del cargo. Esta segunda oportunidad lo llevó a participar en los debates que acompañaron la innovadora administración de Alfonso López Pumarejo. Allí contribuyó a la redacción de la legislación obrera, a las discusiones sobre reforma universitaria y al estudio de los temas constitucionales de mayores consecuencias sociales del momento. En su labor parlamentaria puso especial énfasis en la protección al obrero, en la democratización del gobierno universitario y en la función social de la propiedad.

Estos fueron igualmente los años de su interés por las ideas socialistas, el marco de referencia de toda su vida. A diferencia de la izquierda de su tiempo, muy cercana al marxismo y a la experiencia estalinista de la Unión Soviética, el joven Molina optó por otras tradiciones europeas caracterizadas por un respeto al juego democrático. Desde un principio luchó por la pluralidad de partidos, por la organización sindical de obreros y campesinos y por las elecciones y defensa de las instituciones parlamentarias. El reformismo del laborismo inglés y el espíritu de transacción de Jean Jaurès —a quien llamaba “mi maestro en socialismo”— nutrieron su pensamiento político y el espíritu de sus demandas. Su actividad se distinguió siempre por la búsqueda de lo posible junto a una especial sensibilidad por el ahorro de sufrimientos. Luchó por transformaciones sociales controladas que evitaran la violencia, el dolor humano y el hundimiento de las libertades.

Durante la segunda administración del presidente López Pumarejo, muy dado a rodearse de jóvenes intrépidos, Molina fue nombrado rector de la Universidad Nacional. Tenía 37 años y estaría al frente del alma mater por cuatro años, de 1944 a 1948. Su gestión dejaría una huella en la educación superior de la cual todavía somos deudores. Al comenzar sus tareas encontró que la universidad colombiana se regía por una división tripartita heredada del siglo XIX; tres facultades y tres profesiones: Ingeniería, Medicina y Derecho. Pero el país había cambiado, el conocimiento se había trasformado radicalmente, y nuevas ciencias y oficios habían surgido en el escenario internacional. En otras palabras, la vieja estructura académica no respondía a las demandas del momento. Halló que en la universidad más importante del país no había lugar para el estudio de las matemáticas, las ciencias naturales, las humanidades y las ciencias sociales, disciplinas todas que tenían un puesto bien ganado en las instituciones de vanguardia del mundo occidental. Molina rompió con esta asfixiante estructura y abrió nuevas especialidades. Creó Institutos de filosofía, economía y psicología, que al poco tiempo se transformaron en Facultades con alguna inclinación por la investigación, un rasgo extraño en la universidad colombiana de aquellos años. A estos cambios sumó otros no menos significativos. Sentó las bases para la profesión académica. Los catedráticos, los profesionales en ejercicio que destinaban algunas horas a la semana para atender una asignatura, generalmente por razones de prestigio, comenzaron a ser reemplazados por docentes de tiempo completo. Fundó además una revista y un centro editorial, con los cuales quería divulgar la producción intelectual de los profesores y los frutos de las investigaciones promovidas por los Institutos.

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Cuando Molina finalizó su período rectoral, la situación del país era muy distinta a la de 1944. El partido liberal había perdido las elecciones y ahora la presidencia estaba en manos de los conservadores. Además, pocos días antes de la entrega de su cargo al rector siguiente, al médico y sociólogo Luis López de Mesa, otro antioqueño, la capital se había alzado en armas con ocasión del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán. Molina participó en las jornadas del 9 de abril del 48 para ayudar —según sus propias palabras— “a la causa popular”, y a finales del mismo año se fue a Francia para escapar del acoso conservador. Su nombre estaba estigmatizado y las posibilidades de un ejercicio profesional seguro eran limitadas. Permaneció en París cinco años dedicados al estudio de la teoría política y a la observación de las tensiones que acompañaron la reconstrucción de la Europa de posguerra.

Al regresar al país a comienzos de 1954, nuestro insigne rector era en muchos aspectos un hombre diferente. En sus maletas traía los borradores de Proceso y destino de la libertad, libro que la Universidad Libre llevó a la imprenta en 1955. En el pasado había publicado numerosos trabajos periodísticos y no pocos informes oficiales, pero nada de sabor académico, salvo algunos ligeros apuntes extraídos de sus “Conferencias” de derecho público y de derecho laboral. Sólo con Proceso y destino entró Molina a la historia del pensamiento social colombiano, y a una edad tardía si la comparamos con la de sus compañeros de generación más cercanos. Recordemos que para aquella época Nieto Arteta, siete años menor que Molina, había publicado ya Economía y cultura en la historia de Colombia y numerosos ensayos de filosofía del derecho. Lo mismo ocurría con Antonio García, quien ya tenía en su haber la celebrada Geografía económica de Caldas y varios trabajos de crítica social y política, o con Guillermo Hernández Rodríguez, cuyo libro De los chibchas a la Colonia y a la República —uno de los clásicos de la renovación de los estudios históricos nacionales—, llevaba ya varios años en el mercado. Si Molina hubiera muerto a la edad de su amigo Nieto Arteta, a los 43 años, no estaríamos hablando de él en este momento, pues sólo muy cerca de su 50 aniversario se decidió por investigaciones de largo aliento. Antes de su texto de teoría política, era conocido como un político de izquierda, como un profesor y exitoso administrador universitario, pero no propiamente como un intelectual.

Proceso y destino estudia el desenvolvimiento de la libertad en Occidente desde la Revolución Francesa hasta la caída del nazismo en 1945. A continuación ofrece un balance sobre la suerte de la libertad en la posguerra, esto es, durante los angustiosos días de los comienzos de la guerra fría. Es quizá el libro más importante de teoría política salido de su generación, y si Nieto Arteta y Ospina Vásquez inauguraron los estudios de historia económica en nuestro medio, Molina inició en el país el campo de la reflexión política con marcos de referencia que todavía se emplean para el análisis del poder.

Durante la segunda mitad de la década del cincuenta, las actividades de Molina giraron alrededor de la docencia universitaria y del ejercicio profesional. En 1955 fue nombrado rector encargado de la Universidad Libre, pero su nombre encontró tantas resistencias en los sectores conservadores de la capital —en los jerarcas de la Iglesia especialmente—, que al cabo de unos meses dejó el cargo para evitar confrontaciones que pudieran lesionar el nombre de la institución. Por aquellos días, y “en representación de todos los prelados de Colombia”, Su Excelencia el Cardenal Arzobispo Crisanto Luque escribió una carta abierta a los miembros del Consejo Directivo de la Universidad, donde les comunicaba que “contraerían una gravísima responsabili­dad ante Dios, ante la Iglesia, ante la Patria y ante la juventud misma, si no tomaban las providencias conducentes a dejar sin efecto el nombramiento del doctor Gerardo Molina”. Como en el Medellín de los años veinte, las presiones dogmáticas del más crudo confesionalismo volvían a aparecer en su vida hostigando sus labores universitarias.

Pero en 1960, cuando el Frente Nacional cabalgaba sobre su segundo año y las inquinas eclesiásticas se habían apaciguado, las directivas de la Universidad de Benjamín Herrera lo llamaron por segunda vez a ocupar la rectoría. Molina estaría al frente del cargo por cuatro años, y aunque no sabemos mucho de sus programas y de sus realizaciones—aquí hay tema para una buena tesis de grado de un estudiante de la Libre—, no ignoramos que durante su gestión la institución creció considerablemente. Siguiendo la experiencia adquirida en la Universidad Nacional, diversificó la enseñanza limitada por aquellos días a la formación de abogados. Abrió la Facultad de Educación para formar, según sus propias palabras, “los profesores modernos que el país requiere”. Allí promovió especialidades en humanidades (filología e idiomas), en ciencias sociales (economía, geografía e historia) y en ciencias naturales (física, biología y química). Llevó la Universidad a otras ciudades, impulsó las publicaciones para estimular el trabajo de los profesores y abrió la carrera docente para llenar los vacíos de una instrucción basada exclusivamente en catedráticos. Manifestó interés, además, en la creación de un Instituto de Ciencias Políticas para entrenar los grupos directivos del país por fuera de “la improvisación, el favoritismo y las dinastías de apellidos”. En Francia había frecuentado las aulas de la conocida Escuela de Ciencias Políticas de París, la institución encargada de formar los analistas del poder, los funcionarios públicos y los cuadros directivos del Estado francés. La idea no logró hacerse realidad, quizá no contó con los recursos materiales y humanos necesarios para impulsar el programa, pero la propuesta sugiere el talante innovador y la voluntad de cambio que impulsaba su gestión académica. Los estudios políticos tendrían que esperar cerca de veinte años para encontrar un lugar estable en la educación superior colombiana.

Después de la regencia de la Libre, Molina retorna a sus investigaciones histórico-políticas. Si Proceso y destino de la libertad había sido una reflexión acerca de la experiencia europea, ahora deseaba volver su mirada sobre Colombia. Para ello se embarcó en una ambiciosa investigación que se tradujo en los tres volúmenes de Las ideas liberales en Colombia, su contribución más duradera en el campo de los estudios históricos. El libro cubre un período de algo más de cien años: parte de 1849 y llega hasta comienzos del Frente Nacional, hasta 1960. En sus páginas estudia las obras de los pensadores más representativos, los programas del partido liberal, las realizaciones de los gobiernos más inclinados hacia el cambio y las grandes controversias sobre la dirección del Estado. Festeja los hitos de sabor popular y fustiga la defensa de los intereses de las clases altas. Tiene los mejores ojos para los movimientos sociales, para las reivindicaciones obreras y campesinas y para la defensa de las reformas sociales y económicas tomadas de las canteras socialistas. Su documentación es variada sin olvidar las fuentes primarias, representadas especialmente por los periódicos. Hoy en día es el mejor registro que tenemos de la aventura liberal en Colombia, no obstante que muchas de sus apreciaciones exigen un tratamiento más riguroso y sin duda menos efusivo.

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Molina publicó el último tomo de Las ideas liberales en 1977, poco después de cumplir los 71 años. Todos podrían pensar que al llegar a esta cima gerontocrática, su ciclo intelectual y político estaba por concluir. Sin embargo, para sorpresa de sus admiradores y quizá de él mismo, nuevos retos estaban por llegar. Su actividad intelectual se multiplicó. En 1981 sacó a la luz el difundido Breviario de ideas políticas, en 1987 Las ideas socialistas en Colombia, dos años después una edición ampliada de Proceso y destino de la libertad, y a continuación se embarcó en un estudio sobre La formación del Estado en Colombia. Pero esto no fue todo. En 1982 su nombre fue escogido por una coalición de los grupos de izquierda para la Presidencia de la República. Aceptó la postulación, y a los pocos días los colombianos vieron con asombro y admiración cómo el Néstor de la izquierda nacional salía a las plazas públicas analizando los problemas sociales y económicos del país. Molina tenía muy claro que la edad es un privilegio y como tal, fuente de renovadas obligaciones hacia los demás.

En pocos meses recorrió las capitales de los Departamentos hablando de la violencia, el desempleo, la salud, la educación y el socialismo democrático. En sus cuatro discursos televisados, que condensan el pensamiento político de sus últimos años, se presentó a la nación como un maestro de educación política. Con serenidad, pero no por ello con menos énfasis, discutió los problemas del atraso económico, de la desigualdad social, la democracia, el ejército y la nación. Analizó los rasgos de la democracia restringida y el papel de las fuerzas armadas en un entorno minado por profundas tensiones sociales y políticas. En su intervención sobre el ejército, para muchos la más aguda, afirmó categóricamente que según el mandato constitucional el establecimiento militar tenía como función salvaguardar la seguridad de la nación —de la “la totalidad de la población instalada en un territorio con sus instituciones, sus costumbres y sus aspiraciones”—, y no los intereses de un grupo social determinado. Pero en los últimos años —añadió—, las fuerzas armadas se habían convertido en un instrumento de persecución de un grupo de colombianos contra otro sin atención alguna a los derechos humanos; esto es, en el foco de una guerra civil. Y para que este proceso no alcanzara mayores proporciones, pedía con energía una solución política a los conflictos en curso. Insistir en la solución militar contra los alzados en armas era un error; el movimiento guerrillero crecía y el ejército se mostraba incapaz de contener sus desplazamientos. Hoy continuamos en este callejón sin salida y nunca las palabras de Molina parecen ser más actuales: mesa de negociación o lacerantes conflictos armados sin rumbo.

En lo que respecta a la democracia, Molina no fue menos enfático en sus charlas televisadas. A su juicio, ella sólo adquiere realidad cuando se rompe con el subdesarrollo y se superan el analfabetismo y la desigualdad social. Para alcanzar estos fines, divulgó un socialismo democrático, una organización de la sociedad sensible a la expresión de los intereses no sólo de las clases obreras y campesinas, sino también de los sectores medios y de aquellos grupos que rebasan la noción de clase: la mujer y la juventud. Todos ellos deben participar en la dirección de la sociedad y ésta debe permanecer abierta a sus demandas. Su socialismo era por demás ajeno a la violencia y a la autoridad férrea de estirpe leninista. Ya en su libro sobre la libertad y en su Breviario de ideas políticas había promovido extensos alegatos contra las nociones de dictadura del proletariado y de partido único como vanguardia de la clase obrera. Es claro que su postura crítica no ofrece mayores resistencias en los medios revolucionarios de hoy en día, sobre todo cuando se ha asistido a la caída de la experiencia soviética, pero en los años inmediatamente anteriores era considerado una “traición”, una felonía contra la izquierda y los reclamos de los movimientos populares. Molina intentaba mostrar que si el socialismo es liberación, desde un comienzo la idea de participación debía nutrir el tejido de la nueva sociedad.

A todo esto sumaba una conciencia del costo de las transformaciones sociales. Si tras el cambio se quería alcanzar la felicidad —esto es, el bienestar de la población—, debía evitarse siempre una carnicería de hombres y mujeres en el proceso revolucionario. Lo asistía, por consiguiente, una ética de la responsabilidad, aquel deber que pide al hombre de acción el examen de las consecuencias de las decisiones tomadas. Si la función del político es actuar en representación de los otros, si su proceder arrastra consigo la suerte de los demás, debe estar atento a las tensiones entre medios y fines, entre los costos y las ventajas que se pretenden alcanzar. Aquellos que sean indiferentes a esta tensión, no deben asombrarse si tras el deseo de superar una adversidad, unen otras que terminan haciendo del proceso revolucionario un holocausto y no propiamente el camino de la felicidad humana.

Este es, sin duda, uno de los grandes retos de la ética de nuestro tiempo. Las nociones de lo bueno y lo malo, de lo legítimo y deseable, se han diluido en medio de declaraciones encontradas nada fáciles de aislar y menos todavía de armonizar. Entre tanto, la violencia, la presencia de la fuerza en la vida cotidiana, ha comenzado a ganar terreno y a ignorar el derecho y las normas originadas en el consenso. Este fue quizá el desafío de las directivas de la Universidad Libre cuando decidieron consagrar la primera entrega de la cátedra Gerardo Molina al tema de las relaciones entre Ética y derecho.

TOMADO DE: Cataño, Gonzalo. Historia sociología y política. Bogotá, Plaza y Janés, 1999.

* Palabras pronunciadas en la inauguración de la Cátedra Gerardo Molina de la Universidad Libre (agosto de 1996).

 

 

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