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  Gerardo Molina o la fidelidad a un propósito

Por: Carlos gaviria diaz

 

 

Discurso pronunciado, en nombre de la Universidad de Antioquia al conferirle ésta al doctor Molina el título de Sociólogo Honoris Causa. Medellín, mayo 26 de 1981.

 

Grave, es, sin duda, la responsabilidad que asume una institución universitaria cuando resuelve distinguir a un ciudadano confiriéndole un título honorífico en cualquier campo del saber. Y si ese campo es el de las ciencias sociales, donde el conocimiento y la actitud, la razón teorética y la práctica, se entreveran y recíprocamente se condicionan, mayor todavía es el compromiso. Porque no es dable aplaudir al intelectual prescindiendo del ideólogo, exaltar al investigador pretermitiendo al político, cuando la textura ética del hombre es tal, que el intelectual y el ideólogo, el investigador y el político son uno solo, como en el caso de Gerardo Molina.

Lo anterior no significa, desde luego, que la Universidad se hace cargo de la cosmovisión del galardonado, pero sí que subraya como paradigmática la coherencia de su conducta con los propósitos que la han determinado, porque éstos convocan a la adhesión sin reticencia.

El asunto a examinar, entonces, es éste: ¿qué metas son esas, que pretenden valer más allá de toda humana discrepancia y cuál la vivencia que les confiere esa incondicionalidad? No intentemos elaborar su catálogo. Hablemos más bien, un poco, de lo que es y ha hecho el agraciado, que puede resultar más esclarecedor.

Me parece que el sentimiento originario que ha determinado el pensamiento y la acción de Gerardo Molina, su ser y su quehacer, es la solidaridad con el género humano. El amor al hombre, podría decirse en un lenguaje quizás más llano pero de connotación más problemática. Su punto de partida es, pues, humanístico y a él hay que referir su vida y su obra para poderlas interpretar cabalmente. Consciente, como el que más, de que las verdades fundamentales sobre el hombre las enseña la historia, ha hecho de ella el objeto básico de su trabajo intelectual, permanente y fecundo.

Reflexionando sobre los fenómenos y escrutando los procesos históricos, se ha percatado de que las causas generadoras de la miseria en que se halla sumida una gran parte de la humanidad, son contingentes, removibles, y lo ha pregonado en alta voz, porque el conocimiento de la verdad no se aviene con el silencio. - . Allí, justamente, en el desvelamiento de la verdad y su revelación, considerados como unidad ética inescindible, podemos encontrar un primer valor, incuestionable para la Universidad, como que constituye su esencia, e inseparable de cualquier postura auténticamente humanística, y por añadidura científica, como la asumida por el doctor Molina. ^ Pero detectar, simplemente, la etiología del mal y renunciar a la formulación de la terapia que se piensa indicada, es quedarse a mitad de camino por timidez o cobardía imperdonables, y Molina no conoce esos vicios. Con la claridad conceptual y el rigor lógico del maestro -que lo es en alto grado- formula sus objeciones al sistema rampante que ha institucionalizado la expoliación so pretexto de salvaguardar el patrimonio cultural de Occidente, y señala como más deseables otras formas de organización social menos desalmadas, más amables, más humanas, más preocupadas por la justicia.

¿Y no constituye ésta, acaso, uno de esos empeños justificativos de cualquier existencia, inimpugnables por ninguna persona que lo sea y menos aún por una comunidad cultural y humanística como lo es la Universidad?

Pero que nadie se llame a engaño: la batalla por la justicia -tal como Molina la concibe- no excluye ni pospone la lucha por la libertad sino, antes bien, la implica. Si es ilegítimo mantener en la indigencia a las grandes masas humanas en nombre de una falsa libertad, no lo es menos reducirlas a la servidumbre en nombre de un fementido bienestar. No es un inverecundo e imposible canje de valores lo que Molina propone, sino la concurrencia de dos bienes esenciales al hombre que no pueden darse separados. Porque si la libertad supone condiciones materiales que posibiliten su ejercido, sin ella no hay bienestar posible, a no ser que abdiquemos de nuestra condición humana. Seguir llamando "burguesas" a la libertad de conciencia, de expresión, de movimiento, de asociación, a la inviolabilidad de domicilio y.de correspondencia, al Habeas Corpus, es una injustificada galantería con un sistema que incluye esos derechos en su discurso ideológico pero, a menudo, no en su práctica política. Esos son bienes deseables bajo cualquier circunstancia pero posibles sólo bajo un régimen justo. ''Vivir en un suelo libre, con un pueblo libre" es un ideal fáustico que Molina hace suyo de manera gozosa.

Que la Universidad deba exaltar la libertad es cosa tan evidente que me parece irrisorio justificar o siquiera explicar esa actitud. Quien diga lo contrario, habla de una institución totalmente distinta a la que yo tengo en mente.

Los valores que alientan la vida y la obra de Molina son universales pero históricos. Quiere esto decir que el litigio que suscitan no se cifra tanto en lo que se quiere sino más bien en la forma como ha de lograrse, según las circunstancias. ¿Cómo puede un pueblo determinado, en un momento específico de su existencia, conseguir la satisfacción de sus más caros anhelos? Para ensayar una adecuada respuesta a ese interrogante no es suficiente la claridad ideológica. Se requiere un hondo conocimiento de la realidad concreta que pretende transformarse: de su pasado remoto e inmediato, de su presente y de las posibilidades futuras que en él laten.

Gerardo Molina sabe eso muy bien y por eso, desde la perspectiva ideológica que ha asumido con singular responsabilidad, se ha aplicado a estudiar e interpretar la historia de su pueblo tomando como hilo conductor la incidencia que en ella han tenido las ideas liberales, los logros innegables, aunque precarios y las tremendas frustraciones que en nombre de ellas han tenido lugar en el país. Los aportes significativamente diferentes del liberalismo en las distintas épocas de la República, a partir del 849, su brillante itinerario de partido de masas empeñado en la lucha por los derechos civiles y las garantías sociales, y su lánguido ocaso signado por la renuncia a toda vocación libertaria.

A este propósito escribe Molina en su magnífico libro, recientemente publicado, Breviario de ideas políticas: "El partido que hasta 1902 vertió la sangre en las guerras civiles en defensa de los principios y que luego libró batallas inolvidables contra la legislación liberticida, contra la pena de muerte y en favor de la justicia social, se volvió una entidad burocratizada, amiga del orden autoritario, del Estado de Sitio, de la ampliación de las funciones del Ejecutivo y de las Fuerzas Armadas. La rigidez de una organización económica con marcada concentración de la riqueza y del ingreso tenía que llevar a que por el liberalismo se tengan hoy por subversivas las clases obreras, las clases medias, la juventud estudiosa y los intelectuales".

Sus tesis están expuestas a la controversia y, justamente, para eso las ha formulado, pero aún quienes no las suscriben, tienen que convenir en que la manera como a esa formulación ha llegado es rigurosa, lo que quiere decir, tratándose de asuntos concernientes a la investigación histórica, no sólo técnicamente satisfactoria sino, ante todo, honesta.

Quien quiera enterarse de cuáles son los ideales políticos de Molina, cuál la filosofía que los alienta, de qué vertiente, o vertientes, del pensamiento universal es tributario, que lea Proceso y destino de la libertad y Breviario de ideas políticas.

Y quien quiera saber su diagnóstico sobre el país, sobre las posibilidades futuras de una democracia real (expresión ésta que sintetiza bien su ideario) que medite sobre los análisis hechos en Las ideas liberales en Colombia. En todos ellos hallará no sólo claridad sino agudeza, largueza espiritual y respeto por la opinión adversa. Porque esa es otra de las virtudes de Gerardo Molina: su anti-dogmatismo radical. La suya es una mente en continuo trance de receptividad, que anhela luz y no la desecha por consideraciones apriorísticas de encuadramiento maniqueo.

Si bien evalúa al marxismo como un instrumento apto, imprescindible para el análisis histórico, no está dispuesto a suscribir a la ligera, todos los estereotipos que la ortodoxia impone. Nada tan extraño a su inteligencia y a su temperamento como la aceptación de un sistema dogmático, concluso, como no lo concibió jamás el mismo Marx. Oigamos, si no, lo que dice el propio Molina en su último libro publicado hasta ahora y al que ya hemos hecho alusión, al hacer precisiones sobre los distintos tipos de socialismo que hay que distinguir, y hacemos claridad acerca de cuál es el que él considera auténtico: "...ante la pluralidad de socialismos que hay en los tiempos actuales, el auténtico, el verdadero, por tener bases científicas, es el de inspiración marxista. A falta de un basamento teórico sólido, los demás son erráticos y oportunistas, pues no se proponen lo que es la esencia del socialismo: la edificación de una nueva sociedad. Desde luego, al hablar de marxismo, tenemos en la mente un sistema abierto, permeable a los cambios del pensamiento y de la vida, en ningún caso una construcción intelectual cerrada, convertible por tanto en una serie de dogmas, eternamente estériles."

Esta postura audaz e independiente, de hombre que piensa y dice por su cuenta y riesgo, sin someterse al nihil obstat de ningún pontífice, ha añadido a sus antagonistas naturales (los defensores del sistema) otros, pertenecientes a las toldas de avanzada, que habrían tenido que ser siempre sus aliados si su rigidez mental y su vocación dogmática no les hubiera empañado la visión de la realidad inmediata en que se mueven. Es que la permanencia de Molina en la Universidad, por más de cincuenta años, no ha sido en vano. En ella ha moldeado su inteligencia, haciéndola dúctil, abierta, sensible al cambio, al diálogo, a la confrontación permanente de lo que ayer parecía verdad inconcusa con lo que hoy se atreve a desafiarla.

Y en ella ha formado a varias generaciones en esa filosofía civilizadora, de comprensión y tolerancia, que toma en cuenta el punto de vista del contradictor si bien no le hace concesiones cuando lo considera equivocado. Es la postura racional que distingue y evalúa pero no anatematiza, típica del intelectual aún cuando incursiona en la política. "El gran intelectual -ha escrito certeramente André Malraux- es el hombre del matiz, de la gradación, de la calidad, de la verdad en sí, de la complejidad. Es, por definición, por esencia, anti maniqueo". Tales características convienen de modo tan riguroso al hombre de quien nos hemos venido ocupando, que casi podrían constituir su semblanza.

Pero no se entienda, por lo que acabo de decir, que la Universidad ha sido el ámbito exclusivo de Molina. Ha sido sí su sede más visible, pero de ella han irradiado su pensamiento y su acción (que en él han constituido de veras una unidad dialéctica), a la plaza pública, al Parlamento, al sindicato, escenarios todos en los que ha actuado con igual brillo y eficacia y en los que no sólo ha proyectado la claridad de su visión ideológica, sino también ha dejado la impronta de un estilo nuevo en la vida política colombiana, por la sobriedad y la mesura con que ha sabido expresar sus puntos de vista, urticantes para los usufructuarios del status quo.

Porque en un país donde aún los discrepantes tienen marcada vocación por la ortodoxia y la oficialidad, Gerardo Molina ha enseñado cómo se puede ser heterodoxo sin estridencia y a la vez sin vacilaciones; porque la fuerza de las ideas radica en su capacidad para ser confrontadas con los hechos y en su coherencia interna, y no en el histrionismo que acompañe su exposición, ni en el aparato burocrático que las respalde.

He señalado ya algunas de las calidades más salientes que caracterizan la personalidad del homenajeado, pero no puedo omitir una última, porque la considero culminación armoniosa de las anteriores, ejemplar para la juventud colombiana y contrastante, en exceso, con la ética prevaleciente en el país, aunque ciertamente de modo inconfesado: me refiero a la fidelidad a un propósito, a la lealtad a una idea, que a través de su meritoria existencia ha guardado Gerardo Molina. Frente a tantos desfallecimientos reveladores de ideales pobremente arraigados, frente a tantas vocaciones promisorias, abdicantes ante el primer halago mezquino que les ofrece el sistema, frente a tantos revolucionarios de ayer que hoy personifican el orden imperante con el fanatismo propio de los conversos, resulta alentador y gratificante poner a consideración la vida del profesor Molina que nada ha sabido de claudicaciones ni desmayos, que no ha solicitado ni concedido tregua en la lucha por su ideal indeclinable de lograr una sociedad más humana, donde la libertad y 5a justicia sean algo más que voces huecas.

Resulta, por demás, grato y estimulante que una universidad oficial, precisamente la de Antioquia que lo tuvo como su alumno pero no tuvo el honor de conferirle un grado regular, rescate como hijo suyo a uno de los hombres más admirables que ha producido el país.

Es éste un bello acto cuyo auténtico significado nadie puede escamotear. Ni siquiera la presencia oficial puede restarle a esta ceremonia el carácter hermosamente subversivo que tiene. Porque si la subversión, en su más puro significado, es un trastorno de los valores vigentes, no hay duda de que ese trastorno ocurre cuando se exaltan la verdad, la libertad y la justicia a manera de reto a un Estado Mentiroso que observa los ritos de la democracia para encubrir el ejercicio de una dictadura civil, que proclama las libertades en el papel pero las niega brutalmente en la práctica y que sigue hablando de justicia cuando sabe que su pueblo está constituido, en su abrumadora mayoría, por una inmensa masa de desposeídos.

Doctor Molina: con su inteligencia, pero sin sus calidades morales, usted hubiera podido escalar las más altas dignidades del poder. Pero por fortuna para los hombres de bien, para quienes creemos que el pueblo colombiano es el el único dueño de su destino, usted ha dedicado toda su vida a servir esa causa sin exigir la más mínima contraprestación. No le ha importado en qué dirección soplen los vientos del éxito transitorio, porque sabe que el triunfo final debe ser del pueblo y en la lucha por esa causa ha empeñado su valiosa existencia. Un gran poeta inglés, Andrew Marvell, compañero de luchas de Milton y de Cromwell, escribió estos versos, en honor del segundo, que yo encuentro apropiados para usted:

Buena es su conducta y acertado su juicio,
Siempre en su época ha empujado hacia adelante.
Y sin saber nada adonde puede apuntar la voluntad del cielo Ciñe embargo su espada y está dispuesto al combate.

Carlos Gaviria Díaz

 
 

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