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  GERARDO MOLINA: UN LEGADO IMPERECEDERO
 

Por: Darío Acevedo Carmona

En estas horas aciagas que experimenta el país, en estos momentos caracterizados por la inopia ideológica y programática de los partidos políticos, por la barbarización de los ideales de cambio social y por la rampante y descarada escalada de corrupción, conviene y es reparador para el espíritu, traer a la memoria la gesta de un hombre como el Maestro Gerardo Molina quien brilló en el campo político y en el terreno intelectual haciendo gala siempre de las más altas virtudes ciudadanas y de los más encumbrados principios éticos modernos.

Vivimos días de inenarrables sufrimientos, en los que el principio vital de la existencia se ha banalizado o ha perdido razón de ser para millones de compatriotas. Colombia se ha precipitado en una alocada carrera de insensateces e iniquidades que nos avergüenza ante las generaciones venideras y es motivo de bochorno ante la comunidad internacional. Las malas noticias de luctuosos acontecimientos se suceden a un ritmo tan vertiginoso que nuestra memoria nos juega malas pasadas y nuestros sentimientos cambian al segundo de la alegría al llanto y de la circunspección al desenfreno. El dolor se nos pierde en los vaporosos desfiles y en las notas de farándula que presentan por la televisión a renglón seguido de los informes de guerra, terrorismo y masacres. Por ello, la imagen y el legado de hombres de la talla del maestro Gerardo Molina tienden a perderse en las brumas de nuestras tragedias cotidianas. Tenemos una memoria muy frágil, rápidamente olvidamos lo que no deberíamos echar en saco roto, buena parte de nuestra juventud desconoce quien era este hombre, nosotros sus seguidores, nos hemos dispersado y desentendido de la divulgación de su pensamiento que fue y sigue siendo un pensamiento analítico y no dogmático para buscarle salidas creadoras y justicieras a los problemas del país. Desgraciadamente, es como si el maestro Molina hubiese existido hace cientos de años, como si su sombra se confundiese con los iconos de los héroes decimonónicos ya inofensivos y condenados a vivir como estatuas de bronce en las frías e inseguras plazas de los pueblos.

Por eso, nosotros, sus familiares, sus amigos, los que recibimos los dones de sus enseñanzas, los que nos deleitamos con su sabiduría y nos regocijamos de su sencillez, estamos en el deber de no dejar perecer un legado que como decía uno de sus amigos al momento de su deceso, cobrará mayor vigencia en la medida en que pasen los años. Y ha de ser así si volvemos nuestras miradas ofuscadas por la angustia y la desesperanza, hacia los textos que escribió sobre los más diversos problemas nacionales, no para convertir en dogma sus ideas, cosa que por lo demás él no nos perdonaría, sino para entender que en medio de la oscuridad más siniestra es posible encontrar fórmulas a condición de estudiar y de analizar fríamente y con serenidad, con juicio y sin fanatismo, los asuntos que enredan el rumbo del país.

Hay que estudiar su vida y su obra porque ambas son inescindibles, porque en ambas están presentes sus más caros ideales: libertad, democracia y justicia, y a esos valores de tan escasa realización y desarrollo en Colombia dedicó lo mejor de sus energías tanto desde la academia como desde el foro político. Yo no los voy a atiborrar de citas ni voy a cansarlos con una larga disertación sobre tal o cual aspecto de ese legado. Por lo demás, contamos con sus libros de historia de las ideas, con sus ensayos compilados, con los comentarios que una importante porción de los intelectuales colombianos escribió cuando él apaciblemente nos abandonó. Ahí están esos textos esperando ojos inquietos y mentes abiertas, y tengan uds la seguridad de que en ellos encontrarán más de un razonamiento, más de una idea apropiada para orientarse y para navegar en las turbulencias que nos agobian.

Quiero entonces apelar a algunas reflexiones sobre su trayectoria para refrescar la pertinencia del ritual que hoy nos ha congregado, y sobre todo, para declararme impedido en la tarea de encontrar cuál es la faceta más destacada del maestro Molina, si la del intelectual o la del político. Para mí, el maestro se destacó en ambos campos, no tengo razones para aceptar una idea que ha hecho carrera según la cual Molina fue un mal político, porque su decencia, su franqueza, su honradez, su falta de malicia, en fin, sus virtudes, lo inhabilitaban para moverse con destreza en las enredaderas y en las trapisondas en que se tiene que envolver un político colombiano para tener cierto éxito. Pero es precisamente por eso, por no haber caído en esas formas bajas, primarias y elementales que caracterizan las prácticas políticas en el país, por lo que yo creo que Molina fue un político sui generis, un hombre que entendió la política como un Magisterio y no como un torneo de mentiras y de fraudes, él enalteció la política en su sentido más altruista, el de hacerla para beneficio público y en pro del interés nacional. El siempre fue crítico de las ideas totalitarias, no simpatizaba con las extremas, pero no porque se ubicara en una cómoda posición de centro, sino porque para él la realización del ideal democrático y socialista no podía hacerse a expensas de las libertades. Sus intervenciones en el senado o en la cámara eran siempre fundamentadas por sesudos estudios y análisis, cuántos de nosotros no recordamos con nostalgia grata sus elocuentes y pedagógicas intervenciones en la campaña presidencial de 1982? y los últimos años de su periplo vital cuando comprometió todas sus energías con la política de paz, con la defensa de los derechos humanos y por ello aceptó el llamado a formar parte de la primera Comisión de Paz y del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos y como senador presentó el proyecto de amnistía más amplio de los tiempos recientes.

Él no necesitó de excentricidades para ser convincente y ganarse el respeto hasta de sus enemigos más enconados, no apeló a la demagogia ni requirió bajarse los pantalones ni insultar a sus rivales. El problema entonces es que nosotros estamos acostumbrados a unas formas de hacer política y a aceptar pasivamente los vicios de nuestros políticos hasta el punto que todo aquel que es honrado y preparado intelectualmente no lo consideramos apto para tales menesteres.

Volvamos a la crisis actual que como ustedes saben, está fuertemente condicionada en sus desarrollos por los efectos desastrosos del narcotráfico en todos los órdenes de la sociedad. Corría el año de 1975 y estabamos bajo el gobierno del “mandato claro”, un grupo de agentes secretos allana con orden judicial la residencia de la familia Molina Ochoa en busca de cocaína, este hecho desafortunado e infame suscitó la protesta de la intelectualidad nacional e internacional lo cual quedó como mácula para el presidente de turno. Sus amigos, liderados por el dirigente socialista Luis Carlos Pérez organizaron un homenaje de desagravio, en el discurso de respuesta, el maestro Molina, luego de afirmar que las clases dirigentes de Colombia no eran merecedoras de la confianza pública porque habían dilapidado 160 años de poder y porque no habían dado frutos, agregaba de forma visionaria: “Pero me equivoco: los antiguos estratos sí están dando un fruto, un fruto de maldición y de horror; son las mafias. Estas tienden a remozar o a sustituir a las oligarquías tradicionales. Estamos ante un fenómeno tenebroso, el más grave que se ha presentado en la República después de la Violencia.” (Testimonio de un demócrata, p.462).

Este es el Gerardo Molina que hoy reivindicamos, el que pensaba, como los buenos estadistas, unos metros más allá de lo que pensaban los políticos comunes y corrientes, el que miraba una generación más allá. Lo que él dijo hace ya 26 años ha sido constatado hasta la saciedad. Las mafias del narcotráfico y este negocio han caído como una maldición que se abate cual plaga de Egipto sobre todo el tejido social, cubriendo incluso con su manto destructivo y enlodado a las fuerzas guerrilleras. El mal que nos ha causado es tan grave, que cada vez es mas cierto que la resolución del mismo se ha salido de nuestras manos, como también, que la comunidad internacional nos obliga a una fracasada guerra mientras escamotea la adopción de terapias más eficaces como la de prevenir el consumo en el mundo desarrollado, trazar políticas de persecución a las mafias de lavado de activos y apoyar masivos programas de sustitución de cultivos en nuestro país.

Sigamos con el maestro Molina, hablemos un poco de su faceta como académico, en 1937, siendo senador y a la vez representante del presidente López al Consejo Directivo de la Universidad Nacional de Colombia, le correspondió impulsar la reforma orgánica que la colocó en el nivel de las universidades modernas basada en la autonomía académica, la libre cátedra, la investigación y la extensión. Por esos días escribió un ensayo en la Revista de las Indias del Ministerio de Educación Nacional, en el cual sostenía las siguientes ideas que nadie hoy pondría en duda: “No concebimos la Universidad sino como un mecanismo puesto al servicio de la nación, y de la democracia, animada del propósito de contribuir a la liberación del pueblo y a la solución justa de las cuestiones que a cada momento estorban nuestros movimientos...En la actual etapa política del país no puede ni debe tener la Universidad un carácter confesional...abre sus puertas a ideas antes en exilio; acepta en el profesorado, mediante la sabia reglamentación que ha hecho de esa carrera, a elementos de cualquier formación ideológica desde que tengan un respaldo científico, estimula la investigación de los estudiantes y forma en ellos...el hábito del análisis en torno de los hechos diarios; y preconiza la necesidad de discutir en las aulas los grandes temas colectivos, a condición de que en esas controversias no intervenga ningún afán proselitista...” (G.M. El intelecual....p.77 y ss) Una universidad ligada a los destinos de la nación, en disposición de estudiar los problemas y de contribuir a su solución, una universidad con claras funciones sociales e impartidora de una educación libertaria. Esto fue lo que dijo entonces y sería una de sus tesis favoritas en los ensayos que sobre la educación pública superior escribiría más adelante. Hay que decir que siendo rector de la Universidad Nacional de Colombia entre 1944 y 1948, y de la Universidad Libre entre 1960 y 1965, Molina fue consecuente con su pensamiento pues estos dos centros docentes experimentaron los mejores momentos de su desarrollo académico e intelectual, fueron auténticos centros de la investigación y del pensamiento libre al servicio de la cultura nacional.

Oigamos a uno de sus más embelesados admiradores y a la vez uno de sus más acérrimos contradictores, Juan Lozano y Lozano codirector del diario La razón quien publicó en ese medio, al día siguiente de su nombramiento como rector este aviso en primera página y en grandes letras de molde: “Juan Lozano y Lozano invita a la huelga estudiantil como protesta por el nombramiento de Gerardo Molina para la Rectoría de la Universidad Nacional”, en la columna editorial se sustentaba el asunto con los siguientes términos: “Si Gerardo Molina no fuera, como sí lo es, hombre tan distinguido, tan inteligente, tan honorable y tan laborioso, acaso nuestra protesta por este acto insensato...podría tener un tono menos vehemente.. Nosotros apelamos a todas las fuerzas espirituales de la patria: a los estudiantes, a los padres de familia, a la iglesia , a los partidos tradicionales, a los periodistas, a la mujer...para que resistan a la opresión estrambótica que significa la presencia de nuestro admirado amigo Gerardo Molina al frente de los destinos de la juventud” (G.M. El intel...p.90,91) Así se expresaba uno de los voceros de la derecha liberal en la Colombia de los años cuarenta, en los preámbulos de la azarosa violencia liberal-conservadora, se imaginarán Uds lo que dijeron los prelados y jerarcas de la iglesia y las directivas del conservatismo, el ambiente fue de tragedia nacional, menos mal el ministro de educación Antonio Rocha y el presidente López P. se mantuvieron en su decisión.

Estamos hablando sin alardes innecesarios pero con la admiración debida, de una trayectoria de integridad, de una perfomance que invita a la idealización del personaje, de quien decía que “el único criterio para valorar cualquier régimen político en cualquier parte del mundo, es su aptitud para asegurarle a los hombres su pan, su libertad y su dignidad” y de quien dejó en claro que “no aceptaría ninguna forma de organización social que no garantizara las libertades”. Permítanme pues, decir sin pena y con todo el pulmón, que hombres como Gerardo Molina le hacen falta a este país, hombres como él nos hacen falta como espejos, no hay que tenerle miedo a tener referentes humanos si en ellos y en sus obras podemos encontrar la fuente nutricia de nuevos proyectos y nuevas realizaciones.

Podría traer a cuento muchas otras anécdotas, pero no quiero abusar de la paciencia de uds, quiero para finalizar, expresar también mis respetos y admiración por la antropóloga y profesora Emérita del alma mater nacional doña Blanca Ochoa de Molina, sin cuya compañía la imagen del maestro quedaría recortada, al igual que dar mi saludo a sus hijos Juan Patricio y Carlos Gerardo, y a sus nietos aquí presentes. Mil gracias.

DARÍO ACEVEDO CARMONA
Profesor Titular, Historiador Universidad Nacional de Colombia
Medellín, 29 de marzo de 2001

 
 

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