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  GERARDO MOLINA EN LA RECTORÍA DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL 1944 – 1948
Por: Darío Acevedo Carmona

 
 

En abril de 1944, el Consejo Directivo de la Universidad Nacional, en aplicación de las normas consagradas en la Ley Orgánica 68 procedió a la elección del rector del Alma Mater. El resultado de la votación fue el siguiente: Por Gerardo Molina 5 votos, por José Gómez Pinzón, 2 votos, por Luis López de Mesa, ninguno. El ejecutivo nacional presidido por el doctor Darío Echandía (quien reemplazaba al titular Alfonso López P.), a través de su ministro de educación Antonio Rocha, ratificó el acto autónomo de las directivas de la Universidad, fue el comienzo de la tormenta, una más, cargada de sectarismo, de intolerancia, de insultos y agravios, cosa corriente en los debates públicos de la época.

Periódicos y columnistas, directivos políticos, jerarcas de la Iglesia y organizaciones juveniles fueron protagonistas de uno de los escándalos de mayor resonancia en esos años. Y no era para menos, por cuanto la Universidad Nacional, después de la reforma del 35, adquirió autoridad y se había convertido en el principal centro de estudios superiores del país. La suerte de ella, merecía la atención de políticos, intelectuales y de los órganos de poder. El nombramiento de Molina constituia toda una sorpresa para los tradicionales círculos dominantes, quienes no admitían, ni entendía, ni querían, que un reputado exponente de los ideales socialistas, estuviera al frente de la Universidad.

Los hermanos Lozano y Lozano, directores del periódico liberal La Razón convocaron a una huelga de protesta: “Juan Lozano y Lozano invita a la huelga estudiantil como protesta por el nombramiento de Gerardo Molina para la Rectoría de la Universidad Nacional”. En el editorial del mismo se decía: “Si Gerardo Molina no fuera, como sí lo es, hombre tan distinguido, tan inteligente, tan honorable y tan laborioso, acaso nuestra protesta por ese acto insensato de su elección... podría tener un tono menos vehemente... Por definición Gerardo Molina es un fanático... nosotros apelamos a todas las fuerzas espirituales de la patria... para que resistan a la opresión estrambótica que significa la presencia de nuestro admirado amigo Gerardo Molina al frente de los destinos de la juventud.”

En El Tiempo, Calibán sostenía: “El fanatismo marxista de Gerardo Molina y de su  ‘alter ego’ Antonio García, colocado en posición directiva, va a tener funestas repercusiones y lanzar a las juventudes, ya bastante desorbitadas, por alocadas rutas de perdición”. Por su parte la Conferencia Episcopal de Bogotá expresa en una carta de protesta: “la extrañeza y honda pena”, por el nombramiento de Molina “cuyas ideas socialistas son un peligro para la juventud y una amenaza a nuestra querida patria”.

La Dirección Nacional Conservadora se pronunció en los siguientes términos: “Que el nombramiento mencionado, vulnera los más vitales intereses de la patria, su tradición espiritual, atenta contra la educación religiosa de la juventud... Resuelve: 1. expresar su absoluta inconformidad con la entrega de la Universidad Nacional al predominio de teorías materialistas...”.

Pero Molina también contaba con defensores, el Ministro Rocha dijo sobre él: “Hombre de austeras disciplinas y de trabajada inteligencia, experimentado en las luchas políticas y parlamentarias... posee la ponderación de espíritu y el saber grave, necesarios a quien ocupa posición tan eminentemente delicada”. Agustín Nieto Caballero, exrector de la Universidad opinó así: “En los tres años de mi rectoría tuve en Gerardo Molina uno de los más inteligentes y leales colaboradores. Me sedujo siempre su talento y su rectitud... él y yo estuvimos siempre de acuerdo en que a la política militante debían cerrársele herméticamente las puertas de la Universidad”.

La polémica fue amplia y extensa, reflejaba a nuestro modo de ver, la pugna que dividía a la sociedad colombiana entre quienes pretendían mantener el monopolio del poder y quienes aspiraban a la democratización del país. En la confrontación virulenta y agitada entre liberales y conservadores, el enjuiciamiento del adversario, su negación, pasaba por los terrenos del anatema. Los sectores derechistas de ambos partidos utilizaban indistintamente el mote de comunista para descalificar a los grupos y líderes progresistas. Colombia venía siendo afectada desde 1935 por un enfrentamiento caracterizado por la intolerancia, cada partido buscaba hegemonizar el poder del Estado para su exclusivo beneficio, se estaban sembrando nuevamente las semillas que alimentaron las guerras civiles del siglo pasado y que servirían de caja de resonancia y trinchera ideológica de la violencia que se vivió de 1948 a 1957.

A pesar de la oposición y de la resistencia que se dio con el nombramiento de Molina, el Maestro sin dejarse provocar, expuso su programa y se dedicó a su implementación: “Entiendo la Universidad como el cuerpo asesor de la patria y como la correa de transmisión entre la inteligencia y el pueblo... ha llegado el instante de que la Universidad se vuelque sobre el país, de que ajuste su ritmo al de la nación”.

La Universidad Nacional vivió momentos florecientes, de expansión profesional e intelectual. Avanzaba la construcción de la ciudad universitaria, fue creada la Revista, órgano que sirvió de vehículo de difusión de los logros académicos de los profesores y estudiantes, en cuyas páginas se dieron a conocer intelectuales y artistas como Antonio García, León de Greiff, Pedro Nel Gómez, Luis E. Nieto, Aurelio Arturo, Danilo Cruz V., Luis Carlos Pérez, Andrés Holguín, entre otros. Se fundó la sección de Extensión Cultural y se creó el Ballet, el Orfeón y el teatro, recreando de esa forma la vida universitaria, al trascender la sola actividad académica. También se inició el intercambio de profesores con universidades extranjeras y se amplió el número de profesores de tiempo completo, se fortalecieron los laboratorios y la biblioteca, se otorgaron becas a estudiantes de escasos recursos y se organizaron cursos de capacitación para obreros.

La Universidad respiraba un clima refrescado por la presencia y el debate de teorías y métodos antes vetados. Con Molina nace el Instituto de Filosofía y Letras e igualmente se fortalecen los vínculos del Alma Mater con la sociedad.

El cambio de gobierno en 1946 no afectó la estructura directiva de la Universidad en razón de su autonomía. En Abril de 1947, le correspondió enfrentar una huelga promovida por los conservadores en contra de la asignación de grandes partidas a extensión cultural, a la misma se sumarían después los gaitanistas y comunistas, quienes pidieron la renuncia de Molina. Este la ofreció, pero la confusión del movimiento así como la denuncia de El Siglo sobre infiltración comunista hicieron fracasar la protesta.

En marzo de 1948 se inició la campaña por el nombramiento del sucesor de Molina cuyo período terminaba. Nuevamente los principales diarios, editorializaron sobre el futuro de la Universidad y sobre la obra del rector saliente, dividiéndose tal como había sucedido en 1944. Para entonces, la situación política del país era sumamente tensa en razón de la agudización de las manifestaciones de violencia interpartidista.

La renuncia de Molina fue aplazada a razís de los sucesos del 9 de abril, el Maestro, ese día se reunió con algunos amigos que se tomaron una radioemisora y se proclamaron como Junta Revolucionaria de Gobierno, con el ánimo de darle cauce al movimiento popular y evitar su desbordamiento y anarquización. Con el retorno del país a la calma, Molina renunció,  siendo reemplazado por Luis López de Mesa.

La faceta universitaria del Maestro Gerardo Molina, que abarcó la cátedra, la dirección y la investigación, es bien amplia, aún como político, dejaba traslucir, en su comportamiento, ese ánimo pedagógico y su gran preocupación por mantenerse bien documentado. Desde su juventud, estuvo ligado estrechamente a nuestra Universidad, de ella fue estudiante de Derecho, miembro del Consejo Directivo, Rector, Vicerrector General, catedrático e investigador, brillando en todas ellas por su rectitud, su fineza, su elocuencia, su espíritu ponderado y sobre todo por su apertura y tolerancia con respecto a todas las corrientes del pensamiento. Hoy que estamos privados de su presencia, conviene recordar su obra y ejemplo para continuar la lucha por aquellos ideales que justificaron su existencia y que siguen teniendo tanta validez como antes.

Fragmento tomado de:

Acevedo Carmona, Darío. Gerardo Molina: el Intelectual, el político. Medellín. Ediciones del Frente acción política educativa. 1986

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